En México, la gestión de emergencias humanitarias enfrenta un momento crucial con el impulso de la tecnología como aliada en la prevención y respuesta a crisis. Desde desastres naturales hasta dinámicas humanitarias complejas, la implementación de mecanismos como alertas tempranas y plataformas digitales promete mejorar la eficiencia en situaciones donde cada segundo es vital. Sin embargo, surge una cuestión fundamental: no se trata de si la tecnología puede ayudar, sino de cómo lo hace y bajo qué circunstancias.
Un ejemplo palpable de esta innovación es el reciente sistema de alertas sísmicas en teléfonos móviles, que destaca como una herramienta preventiva. Este tipo de soluciones demuestra que la tecnología puede contribuir a la reducción de riesgos, siempre que se sustente sobre una infraestructura operativa robusta y se realice una coordinación institucional adecuada. A pesar de ello, el potencial de estas iniciativas se ve frenado por la falta de políticas públicas claras, una inversión constante y mecanismos de rendición de cuentas efectivos. En ausencia de estos elementos, la tecnología por sí sola difícilmente puede sustituir una gestión integral en emergencias.
En la actualidad, muchas crisis que azotan a México, tales como sismos o fenómenos climáticos extremos, dan lugar a la aplicación de tecnología de manera fragmentaria. Esto ocurre en un contexto donde los marcos regulatorios son débiles y los protocolos claros para el uso de información, inexistentes. La recopilación de datos, aunque fundamental para coordinar la ayuda, puede conllevar riesgos considerables, especialmente para poblaciones vulnerables. Sin las garantías adecuadas, esta información puede dar lugar a exclusión, vigilancia indebida y usos de datos sin el consentimiento debido.
El fulcro del problema no radica en la tecnología per se, sino en la expectativa errónea de que esta puede compensar deficiencias históricas en infraestructura y capacidades institucionales. Ignorar estos rezagos convierte la innovación en un recurso que, aunque parece ofrecer control y orden en la gestión de datos, no mejora las condiciones de vulnerabilidad reales, dejando intactas las causas de fondo.
Así, la promesa de la tecnología en la gestión de emergencias humanitarias sigue viva, aunque incompleta. Para que esta innovación cumpla su función social, es crucial que se acompañe de un conjunto de reglas claras, inversión sostenida, protección de datos y un enfoque centrado en las personas, anteponiendo sus necesidades a la mera eficiencia administrativa. Sin estas condiciones, la tecnología no solo podría dejar de ofrecer protección, sino también exacerbar desigualdades y redistribuir riesgos hacia quienes ya sufren condiciones de precariedad.
Finalmente, innovar en la gestión de emergencias no se limita a la digitalización de respuestas. Es imperativo reconocer que para que la tecnología sea verdaderamente eficaz, debe estar sujeta a normativas, gobernanza y responsabilidad, de lo contrario, este avance corre el riesgo de transformarse en una nueva forma de fragilidad bajo una cobertura de modernización y eficiencia.
Actualización: Los datos mencionados son del 23 de enero de 2026.
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