La reciente edición del Foro Económico Mundial en Davos estuvo marcada por la influencia sin precedentes de Donald Trump, quien acaparó la atención y definió la agenda del evento a su antojo. Aunque el discurso del primer ministro canadiense Mark Carney resonó claramente contra la creciente división geopolítica y comercial, fue el carcajeo de la figura de Trump lo que eclipsó el resto de las conversaciones.
El World Economic Forum (WEF), que se estableció en 1971 con la misión de fomentar la colaboración global para abordar cinco desafíos cruciales —crecimiento económico, geopolítica, tecnología, bienestar humano y sostenibilidad del planeta—, parece estar cada vez más distante de su objetivo original. Desde esa perspectiva, Carney se destacó como un defensor de la cooperación público-privada, en un momento en que Trump parece abocarse a destruir esos principios, enfatizando sus intereses nacionales por encima de cualquier agenda común.
El evento resaltó la ausencia de un enfoque proactivo para abordar la descomposición del multilateralismo, que se ha visto comprometido por visiones polarizadas y enfrentadas. A pesar de las promesas de diálogo inclusivo entre líderes políticos, empresariales y académicos, el ámbito de Davos ha fracasado en su intento de proponer soluciones efectivas a los problemas que aquejan a la sociedad contemporánea. Los discursos efusivos durante los últimos 25 años han generado más expectativas que acciones tangibles, y la crisis financiera de 2008 apenas trajo consigo un rayo de esperanza que rápidamente se desvaneció.
En 2012, surgieron los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, un esfuerzo considerado por muchos como otro intento efímero de instar a los países y empresas a cambiar su comportamiento. Sin embargo, la relevancia de estos objetivos se ha debilitado con el paso del tiempo, y el llamado al multilateralismo ha perdido su fuerza.
Klaus Schwab, fundador del WEF, publicó en 2021 “Stakeholder Capitalism”, un manifiesto que proponía que las empresas deben equilibrar la rentabilidad con la responsabilidad social. Este enfoque, que sugiere que hacer el bien y ser competitivo no son mutuamente excluyentes, choca de frente con la filosofía de Trump, quien utiliza Davos como un escenario para desafiar y reescribir las reglas del juego.
Los momentos de esta edición del WEF quedan grabados como un giro significativo en su historia, donde se plantean preguntas cruciales sobre su futuro. ¿Podrá el foro recuperar su esencia y fomentar un diálogo constructivo, o seguirá siendo utilizado como una plataforma para la retórica divisiva? La próxima edición en 2027 será un indicador clave de esta dirección y de si es posible, en medio de la polarización y el desinterés, devolver a Davos a su propósito inicial de colaboración y progreso global.
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