Durante años, Davos ha sido el epicentro del comercio global. Un cónclave donde se celebraban las cadenas de valor extendidas, los acuerdos multilaterales y, sobre todo, la cooperación internacional. Sin embargo, en su edición de 2026, el tono ha cambiado drásticamente, reflejando las tensiones de un mundo cada vez más fragmentado.
Este año, el énfasis ha girado en torno a la seguridad: ya no se habla del ideal de cooperación, sino de seguridad energética, industrial, alimentaria y tecnológica. Estados Unidos ha revitalizado su postura “America First”, mientras Europa manifiesta alarmas ante un mundo que percibe como carente de reglas. En contraste, China ha lanzado advertencias sobre el unilateralismo y el proteccionismo. Lo que antes era una celebración de la interdependencia se ha transformado en discusiones sobre bloques, soberanía y presión.
En este nuevo contexto, las decisiones concretas hablan de un cambio en la dinámica económica: relocalización industrial, nearshoring, friendshoring, subsidios estratégicos y competencias no solo por precios, sino por el acceso a recursos críticos. La consigna es clara: primero lo nuestro, luego lo de nuestros aliados, y solo si conviene, lo restante. Este cambio de mentalidad, que antes estaba oculto, ahora sale a la luz.
La preocupación ha evolucionado; ya no se trata de cómo crecer juntos, sino de cómo asegurar el abastecimiento y el control de recursos estratégicos. En un escenario de fragilidades y desconfianzas, los países buscan proteger su acceso a estos recursos. La competencia se centra en garantizar energía confiable y logística estable, en un entorno donde la sostenibilidad se ha transformado de un mero tema de reputación corporativa a un elemento crítico de soberanía.
Los recursos minerales como el litio, cobre y níquel se han convertido en pilares esenciales del nuevo ciclo tecnológico, impulsados por la electrificación, la digitalización y el crecimiento de la inteligencia artificial. Este cambio se refleja en el aumento de precios de metales como oro y plata, que han sido refugios tradicionales en tiempos de volatilidad.
La inteligencia artificial, lejos de ser solo un fenómeno virtual, requiere una infraestructura física que consume energía. Esto implica que la competencia global se ha trasladado a asegurar energía, minerales y la infraestructura necesaria que respalde esta nueva economía, dejando en claro que detrás de la innovación hay una cruda realidad material que demanda recursos.
Aunque el antiguo orden no regresará, este fenómeno puede verse como una oportunidad para que los países, y en especial Argentina, enfrenten el futuro con una estrategia sólida. El riesgo no radica en el cambio, sino en repetir el histórico error de vender recursos sin una visión clara.
Este entorno inestable, por su parte, se asemeja a un mundo “argentinizado”. Con reglas cambiantes y nuevos desafíos que emergen constantemente, la planificación lineal se hace irrelevante. Y, en este sentido, la capacidad de adaptación de los argentinos puede ofrecer una ventaja.
El futuro se está dibujando con nuevas reglas y prioridades; es esencial que los países se posicionen estratégicamente para aprovechar un mundo en elaboración, donde la seguridad y la sostenibilidad son el nuevo mantra del comercio global.
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