Pensar en Japón evoca la rica tradición literaria de sus escritores, destacando figuras como Yukio Mishima. Este prolífico autor, conocido por su autobiografía “Confesiones de una Máscara”, fue una figura compleja: actor, guionista y fisicoculturista, cuya vida culminó en un acto de seppuku en 1970, a los 45 años, rodeado de un ejército personal. Hacia el final de su vida, su pesimismo sobre el futuro de Japón reflejaba preocupaciones arraigadas en su contexto sociopolítico y económico.
La década de los ochenta fue un período dorado para Japón, caracterizado por un crecimiento económico notable. El país no solo acumuló un alto nivel de ahorro interno, sino que además se posicionó como un destacado inversionista global, adquiriendo activos significativos como Columbia Pictures y el Rockefeller Center. Por aquel entonces, especialistas predecían que Japón sería la potencia económica del siglo XXI, mientras el resto del mundo lo observaba con admiración.
Sin embargo, el terreno fértil del éxito contenía sus propias contradicciones. En 1991, estalló una burbuja especulativa que marcaría el inicio de la “década perdida” para el país. La crisis no solo afectó a Japón, sino que reverberó en economías como la de Estados Unidos, causando una recesión breve que contribuyó a la pérdida electoral de George H. Bush en 1992. Para Japón, el impacto fue más amplio y profundo, llevando a la creación de lo que se conoce como “bancos zombie”, instituciones financieramente insolventes pero que continuaban operando con la esperanza de una recuperación económica.
El Banco de Japón (BOJ) respondió a esta crisis mediante una política de tasas de interés cercanas a cero, permitiendo al gobierno financiarse casi sin costo a través de la emisión de bonos. Esta estrategia, aunque inicialmente eficaz, resultó en un aumento de la deuda pública, que pasó de un 60% a un alarmante 230% del PIB. A pesar de la lubricación financiera, el crecimiento económico se mantuvo estancado, lo que inauguró un ciclo de creciente deuda sin un impulso significativo hacia el crecimiento.
Post pandemia, Japón ha experimentado un resurgir de la inflación, con tasas entre el 3% y 4%. Esto ha llevado al BOJ a ajustar sus tasas de referencia, actualmente en 0.75%, que aunque sigue siendo bajo en términos históricos, ha comenzado a impactar el carry trade, llevando a una tensión en las economías de Estados Unidos y Europa por el retorno de capitales hacia Japón.
Japón se encuentra así ante un dilema complejo: aumentar las tasas de interés encarece la deuda, que ya consume el 25% del presupuesto nacional; sin embargo, mantenerlas bajas podría descontrolar la inflación. Con un indiferente crecimiento de 0.1% y 1.0% en 2024 y 2025, la situación se vuelve aún más crítica. La amenaza de estanflación se cierne sobre el país, que enfrenta una deuda colosal, un crecimiento mínimo y una inflación persistente.
Las decisiones que tome Japón en este contexto demográfico, marcado por el envejecimiento y la contracción poblacional, serán cruciales. Los ciudadanos de Japón se enfrentan al desafío de renegociar o gestionar su deuda en un escenario que podría sacrificar a generaciones futuras. La complejidad del entorno financiero japonés también ofrece lecciones y advertencias relevantes para otros países como México, que aún poseen cierto margen pero ven cada vez más limitadas sus opciones.
La evolución financiera de Japón no solo es un testimonio de su historia reciente, sino también un indicativo elemental de cómo las decisiones económicas se entrelazan con el destino de naciones enteras, una narrativa que merece ser seguida con atención.
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