En el vibrante universo del arte contemporáneo, los espacios de exhibición como las ferias de arte, lejos de ser simples vitrinas, a menudo marcan el pulso de la creación y la significación artística. En este contexto, la reciente experiencia en la feria Frieze London ha revelado una inquietante tendencia: una proliferación de lo que se podría calificar como “pintura mala”. Esta no es la apreciación de un “mal arte” en un sentido provocador, como podría relacionarse con el legado de Francis Picabia, sino una observación sobre obras que carecen de profundidad y sustancia, presentando un enfoque vacuo y superficial.
El espectáculo “Painting After Painting: a Contemporary Survey from Belgium”, que tuvo lugar en el SMAK de Gante desde abril hasta noviembre, contrastó con esta tendencia alarmante. En él, se expusieron obras de 74 artistas, cuyas creaciones, aunque intelectualmente sólidas y visualmente intrigantes, a menudo se sentían insípidas o deficientes en ejecución. Esta muestra invita a la reflexión sobre la evolución de la pintura y su capacidad de impactar en el discurso contemporáneo, un desafío evidente en un ambiente donde la relevancia de esta disciplina parece estar en juego.
La cuestión es: ¿ha quedado la pintura demasiado cómoda en su existencia? Aunque el dogma de que “la pintura está muerta” ha sido abandonado, la ausencia de narrativas ideológicas desafiadoras ha llevado a esta forma artística a una especie de adormecimiento. En momentos de crisis y cambio, como aquellos en los que surgieron las grandes innovaciones del pasado siglo, los artistas a menudo se sintieron obligados a responder con vigor y significado; hoy, la reflexión crítica parece dispersarse.
Reflexionando sobre este tema, el destacado artista Christopher Wool señaló en un diálogo reciente que la transición del Renacimiento al Barroco podría compararse con el cambio de Modernismo a postmodernismo, un fenómeno que él vivió en su carrera en los años 70. En esas épocas de agitación, los artistas se vieron enfrentados a desafíos que fomentaron un diálogo crítico indispensable. Wool recordó el influyente ensayo “Last Exit: Painting” de Thomas Lawson, publicado en 1981, donde se argumentaba que la pintura posee la capacidad de camuflar ideas radicales a través de su propia ambigüedad y obscuridad.
El pensamiento crítico y la duda fueron fuerzas motoras para artistas como Philip Guston, quien, al optar por la figuración en lugar de la abstracción, se enfrentó a la oposición de sus contemporáneos. En este contexto, las exposiciones recientes de Wool y de otros artistas como Kerry James Marshall, Peter Doig y Charline von Heyl han resaltado la importancia de este diálogo crítico en el desarrollo de sus lenguajes pictóricos.
En definitiva, hacerlo todo tan accesible ha llevado a que la lucha por la relevancia de la pintura no esté concluida. Los escenarios artísticos contemporáneos requieren un enfoque que resista la tentación de la complacencia. La batalla por encontrar significado y profundidad en la pintura sigue viva, sugiriendo que el futuro del medio no solo depende de su existencia, sino de su capacidad para provocar, interrogar y, en última instancia, desafiar las nociones preestablecidas del arte.
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