Con la reciente decisión de recortes masivos en el personal de The Washington Post, la sección Book World ha perdido su lugar una vez más en el diario, convirtiéndose en un fenómeno que ha sido cancelado dos veces. La primera vez ocurrió en 2009, cuando muchos periódicos, en un intento por sobrevivir a la crisis financiera, consideraron que la cobertura de libros era prescindible. En 2022, la sección fue reinventada, provocando tanto asombro como temor entre lectores y escritores, que temían que este renacer tuviera un final trágico.
Desafortunadamente, ese final ha llegado. A pesar de la calidad del nuevo Book World, con editores y críticos de renombre como John Williams, Ron Charles y Becca Rothfeld, la decisión de eliminar las reseñas de libros no estuvo impulsada por la calidad del contenido, sino por una dura realidad económica: cada vez son menos las personas interesadas en leer críticas literarias. Este ciclo vicioso se agrava a medida que disminuye el interés en los nuevos lanzamientos, lo que lleva a las publicaciones a recortar su cobertura, resultando en menos ventas de libros y, en consecuencia, nuevas reducciones en la cobertura de libros.
El descenso de las reseñas literarias no implica, sin embargo, el fin de la crítica cultural. A pesar del recorte, aún existen diversos espacios donde se puede leer análisis profundos y reflexiones sobre literatura. Revistas prestigiosas como The New Yorker, The New York Review of Books y Harper’s, así como plataformas emergentes como The Metropolitan Review y The Point, siguen ofreciendo contenido literario valioso. Además, medios como The New York Times y The Wall Street Journal mantienen secciones de libros robustas, y el auge de plataformas como Substack ha generado un aluvión de crítica literaria independiente.
Asimismo, la cultura de la discusión literaria sigue viva en redes sociales y plataformas como BookTok, Goodreads y Reddit, donde los lectores comparten opiniones, recomendaciones y críticas. Esta democratización del diálogo sobre libros plantea la pregunta de si las críticas tradicionales son aún relevantes. En un mundo donde la confianza en expertos se deteriora, muchos podrían argumentar que los críticos literarios son solo uno más de los muchos “guardianes” innecesarios en la búsqueda de buenos libros.
La desaparición de las reseñas se inscribe también en una narrativa más amplia de desagregación mediática. Tradicionalmente, los periódicos ofrecían una variedad de información bajo un mismo techo, combinando reportes de noticias con críticas, análisis y eventos locales. Con la llegada de Internet, la búsqueda de esta información se ha fragmentado, desdibujando el papel de los críticos de libros, que solían ser un pilar en la comunidad literaria.
La labor de un crítico de libros ha sido, en efecto, la de un convener. Al reunir a personas en torno a un libro o tendencia literaria, contribuyen a la creación de una comunidad literaria, esencial para fomentar el interés en la lectura y el debate cultural. Sin estos críticos, los lectores podrían enfrentar enormes dificultades para descubrir nuevos autores y géneros. Esto, a su vez, afecta a las editoriales, que se ven ante la presión de publicar menos, convenciéndose de que la demanda ya no está ahí.
La situación actual no solo es desafiante para los críticos de libros, sino para todo el ecosistema literario. La falta de visibilidad afecta a las editoriales, que luchan por conectarse con su público, y a los escritores, que dependen del feedback para mejorar su trabajo. La severidad de estos recortes representa un punto crítico en el paisaje mediático contemporáneo y literario, donde cada vez más, la comunidad literaria se encuentra en la cuerda floja, necesitando urgentemente una reinvención que refuerce su relevancia y vitalidad.
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