El auditorio Blas Galindo del Centro Nacional de las Artes (Cenart) fue el escenario de un evento inolvidable, donde la música se convirtió en un viaje sensorial lleno de mitos y leyendas. La Orquesta Escuela Carlos Chávez, bajo la dirección de Enrique Arturo Diemecke, presentó el cautivador programa titulado De mitos y leyendas, cautivando a un público entusiasta que ocupó casi tres cuartas partes del recinto.
A lo largo de casi una hora y media, los asistentes se sumergieron en un entorno mágico, donde la música sirvió como un vehículo para explorar lo sobrenatural y lo insólito. El repertorio incluyó las célebres obras Una noche en la árida montaña, del compositor ruso Modest Mussorgsky, y La Sinfonía Fantástica, del francés Hector Berlioz. La música transformó el auditorio en un escenario vibrante, donde demonios y amores tristes encontraron su expresión a través de notas profundas y complejas.
Diemecke, un destacado maestro de la dirección orquestal y figura prominente en la música mexicana, destacó en sus declaraciones que para todo músico, compartir la pasión por la música es un auténtico privilegio. En su opinión, este arte actúa como un alimento para el espíritu, capaz de calmar las ansiedades humanas y ofrecer consuelo a través de sus melodías.
La interpretación de Mussorgsky pareció ser un auténtico aquelarre sonoro, donde los metales resonaron intensamente y las cuerdas conjuraron atmósferas inquietantes. Diemecke, casi como un chamán, logró que los jóvenes músicos crearan un crescendo formidable que culminó en notas redentoras, provocando una reacción ferviente en el público que estalló en aplausos.
El programa continuó con la Sinfonía Fantástica de Berlioz, una obra que relata, a través de cinco movimientos, un sueño onírico nacido del desamor. Diemecke compartió con el público la anécdota detrás de esta pieza, donde el compositor, herido por un amor no correspondido, imagina su propia muerte tras haber ingerido opio. Esta narración tomó vida en una experiencia musical dinámica, donde los instrumentos, desde cuerdas hasta metales, exploraron un espectro de emociones que iba del susurro a la explosión.
La culminación fue intensa, con marchas que guiaron al espectador del cadalso a la guillotina, dejando una profunda impresión. Las reacciones del público, que iban desde la asombro hasta la ovación, reflejaron el impacto de una ejecución que demostró la cohesión y el talento de los jóvenes músicos.
Con un estilo apasionado y envolvente, Diemecke dirigió ambas obras sin partitura, lo que le permitió habitar la música y conectarse de manera íntima con la audiencia. Su interpretación, rica en matices y movimientos coreográficos, convirtió cada nota en una experiencia palpable, dejando, sin duda, un eco duradero en la memoria de aquellos quienes tuvieron el privilegio de asistir. Este evento, realizado el 2 de junio de 2025, resuena con la promesa de que la música seguirá siendo un refugio tanto para el cuerpo como para el alma en el futuro.
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