La vida en Cuba se ha convertido en una lucha diaria por la supervivencia en medio de una crisis energética y económica sin precedentes. En un contexto donde la broma se vuelve un reflejo desgarrador de la realidad, un chiste circulante comenta: “¿Cuál es la diferencia entre Cuba y el Titanic? El Titanic tenía las luces encendidas cuando se hundió”. Esta frase, contada a un periodista de CNN, evoca la desesperanza y el humor que permanece entre los cubanos.
Recientemente, el 29 de enero, el 57% de la isla quedó a oscuras en el momento de mayor demanda, subrayando la precaria situación energética. En un país donde nueve de las 16 unidades de producción termoeléctrica están fuera de servicio, las horas sin electricidad se han vuelto la norma, llegando a 20 horas diarias en muchas localidades fuera de La Habana. La capital muestra vacíos radiantes en medio de un océano de sombras, convirtiendo la falta de energía en un tema de conversación habitual.
El futuro no parece promisorio. A las mencionadas dificultades se suma una amenaza de sanciones que podría acentuar la crisis energética cubana. Con un requerimiento diario de 110,000 barriles de petróleo para operar con normalidad, la producción local queda corta, apenas alcanzando 40,000. Además, el suministro de combustibles de Venezuela ha mermado drásticamente en años recientes, de los 100,000 barriles que llegaban en tiempos de Chávez a apenas 27,000 en 2025. La situación se complica aún más con la posibilidad de que México suspenda sus envíos, actualmente en 19,200 barriles diarios.
Las repercusiones de estas políticas podrían ser devastadoras. De imponer aranceles sobre el petróleo, el efecto colateral se sentiría profundamente en una población ya asfixiada por la escasez. Un ejemplo claro de esta crisis es el tiempo que un ciudadano debe esperar para llenar su tanque de gasolina, que podría alcanzar hasta los 29 días, una odisea reflejada en una aplicación que organiza turnos para el abastecimiento.
La mirada externa sobre Cuba, influenciada por figuras políticas como Marco Rubio, resuena en un ambiente de creciente control y represión. Rubio, un cubano-americano asociado a la actual administración, ha insinuado potenciales futuros cambios de régimen, aunque su retórica se mantiene cauta respecto a un involucramiento directo comparado con el modelo venezolano.
La economía cubana, que ha caído un 15% en los últimos cuatro años, naufraga en medio de una hiperinflación, escasez de productos básicos y un éxodo masivo. Desde 2021, 2.7 millones de cubanos han abandonado la isla, reduciendo su población de 11 millones a aproximadamente 8.5 millones. El sector turístico, que años atrás atraía a cerca de 4 millones de visitantes anuales, ha visto desplomarse esas cifras a menos de 2 millones en la actualidad. La producción de azúcar, una vez líder mundial, ha deteriorado por la falta de insumos esenciales, marcando una profunda decadencia económica.
Incluso el presidente Miguel Díaz-Canel ha reconocido la gravedad de la situación, atribuyéndola “a la acumulación de distorsiones, adversidades, dificultades y errores propios, exacerbados por un cerco externo extremadamente agresivo”. Este entorno también augura restricciones adicionales en transacciones financieras y vuelos, amenazando el ingreso vital de 2,000 millones de dólares en remesas que cada año llegan al país.
La percepción internacional es sombría: muchos sostienen que el régimen cubano se encuentra en su momento más vulnerable, especialmente tras la captura de Nicolás Maduro. Sin embargo, la vía a un cambio no será sencilla ni directa, y el 11 de enero, el Consejo de Defensa Nacional aprobó medidas para prepararse ante posibles agresiones externas. Con ejercicios militares en curso y un endurecimiento del control sobre la población, el futuro es incierto.
En este caldero de incertidumbres, un mensaje resuena con claridad: “aunque nos devuelvan a la época de las cavernas, esto no va a cambiar”. En un país que enfrenta la adversidad con ingenio y humor, el camino hacia la esperanza requerirá más que resistencia; exigirá un cambio estructural en un entorno complejo y desafiante.
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