Fue él, un elemento sospechoso, Marco Asensio, el que desenredó una noche a la que se le había empezado a poner cara de pesadilla. Objeto constante de debate, el atacante salió desde el banquillo y volvió a ser determinante para esta España destemplada y cansada que, a falta de oxígeno e inspiración, bien tira de fe para resolver una situación límite tras otra.
Acabó cercada en Saitama por Japón, después de varias dosis de angustia, pero un chut aterciopelado del madridista tumbó a la anfitriona en la prórroga y alumbró la final olímpica, la primera del equipo español desde la perdida en Sidney 2000 contra Camerún. Como entonces y como en 1992, habrá medalla, pero que se repita el oro de Barcelona el bloque de Luis de la Fuente tendrá que rendir el sábado (13.30) a Brasil, superior a México en los penaltis (0-0 y 1-4).
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Mientras se discute sobre su encaje aquí y allá, ya sea de blanco o de rojo, Asensio volvió a ser el talismán de una España que fue de más a menos en el primer acto, rociado de cloroformo. Conforme descendió el depósito de gasolina, el juego perdió dinamismo y se ralentizó la circulación, demasiado horizontal y demasiado previsible. Pocas ideas, menos chispa y sin apenas desborde en las bandas, nublados también los interiores, fue cediendo terreno y abriendo una peligrosa puerta a Japón, que había aceptado sin rechistar el rol de cenicienta y progresivamente ganó protagonismo. El estatismo benefició a sus puntas y Kubo y Doan, dos Zipi y Zape a la japonesa, empezaron a enredar y a destapar sus habilidades.
Faltaban piernas, faltaban pulmones y sobraban pases. Una historia repetida en este campeonato al que un buen puñado de futbolistas han llegado con la lengua afuera. Uno de ellos Pedri, la síntesis de la fatiga. El canario, exprimido de inicio a fin esta temporada, intervino de forma espectral y casi siempre alejado de la línea de tres cuartos, donde su imaginación hace verdaderamente daño. Estuvo además desasistido. Cada vez que recibía y levantaba la cabeza, no divisaba un solo desmarque. Abusó España del envío al pie, pensando que en un momento u otro llegaría el chispazo, pero no había electricidad.
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Produjo un tímido acercamiento nada más arrancar, en un centro al segundo palo de Cucurella que remató con poca fe Merino, y a la media hora golpeó con escasa convicción Oyarzabal. Balas de fogueo frente a un adversario ordenado y aplicado, travieso y con mala uva en cuanto encontraba algo de espacio. Japón robaba y buscaba a Kubo, y este fue activándose, gustándose en el control y encontrando socios a la carrera; nada que ver con lo visto la última campaña. Este es otro Kubo. Sintiéndose importante, no solo una pieza más del engranaje, es un virguero delicioso. Esconde veneno en la zurda.
Se estiró su equipo a partir de él y en un desajuste llegó la opción más clara para España. Pasada la media hora, Oyarzabal filtró para Rafa Mir y el ariete se encontró mano a mano con Tani, rapidísimo para achicar y providencial para cerrar por abajo; el español, forzado, metió la puntera para acompañar la inercia, pero se topó con la silueta del portero. Salvo ese fogonazo, el rumbo del partido continuó igual. España se desplegaba a ritmo cansino, a paso trotón, y Japón empezó a discutirle seriamente la iniciativa, a intimidar y a despojarse definitivamente de cualquier complejo.
Pedri, desfondado
En busca de romper la monotonía, De la Fuente introdujo a Puado y Soler, que se sumaron al relevo inicial de Vallejo por Óscar Gil, amonestado el lateral, retado a la mínima. Retiró a Olmo y a Merino, muy justos de batería, y dio carrete a Asensio en lugar de Pedri, desfondado. El refresco verticalizó la propuesta y a partir de ahí, la sensación fue diferente. Sin brillos, pero con más filo, España recuperó metros e inclinó el campo a su favor, engrasado el engranaje y reclamando espacio Mir. El 9 siguió instintivamente un rebote y llegó otra vez con la puntera al cuero. Otra vez se encontró con Tani.
En la recta final lo intentó Zubimendi, pero Itakura se lanzó en plancha y desvió con oficio, y en la mejor triangulación conectaron Asensio, Mir y Oyarzabal: el extremo centró, acomodó el delantero de cabeza y el vasco, de nuevo poco fino, chutó blando y el balón salió algo mordido. Intenciones sin pólvora. Aún tuvo que sufrir en la prórroga España, helada cuando Maeda le ganó en la disputa aérea a Pau Torres y cabeceó cruzado y alto, por apenas un palmo. El susto fue monumental. Japón la arrinconó y la exprimió, pero cuando pintaban bastos, el botín redentor de Asensio rompió la noche.
El 7 recibió en la derecha de Oyarzabal tras un saque de banda, se perfiló y la puso ahí lejos, al palo largo, enroscada y perfecta para descifrar una velada diabólicamente complicada. España, otra vez al ralentí, se adentró en la final. A falta de musas, Asensio y su luz. Una maniobra de oro.


