El mundo literario sufrió una controversia reciente cuando se dio a conocer que el ganador del Premio Alfaguara de este año fue descalificado debido a inconsistencias presentes en su obra. El libro en cuestión, Las brutales chamacas de Dahlia de la Cerda, fue escrito por la mexicana Laura Ferrero y terminó siendo juzgado como inadmisible por el jurado del concurso.
Aunque la novela ha sido enormemente celebrada por lectores y críticos, la decisión del jurado no fue tomada a la ligera. Tras una serie de investigaciones y cotejos, se encontraron fragmentos copiados directamente de otros autores sin la debida atribución, lo que deja en tela de juicio la originalidad del texto. Además, se hallaron ciertas incoherencias en el argumento y un cierto grado de improvisación en los detalles de la trama.
Desde luego, esto es un duro golpe para la carrera de Ferrero, quien había alcanzado la final del concurso tras superar la competencia de unos mil aspirantes. Pero más allá de las implicancias para la autora, esta situación levanta una preocupación enorme en cuanto al respeto de la propiedad intelectual y el control de calidad en la industria editorial, que debe garantizar que los libros publicados cumplan estándares éticos y de rigor.
Es cierto que la literatura contemporánea puede ser muchas cosas al mismo tiempo: un acto social, una forma de contar historias, una exploración de la vida humana. Pero la honestidad debe ser siempre una constante en la empresa literaria, que no debe calzar en los mismos patrones que la economía o la política donde a menudo se toleran las mentiras y la corrupción. Ojalá esta situación marque un precedente y sirva para recordar que la falsificación es un peligro para el arte y la cultura.
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