En los discursos oficiales sobre salud y políticas sociales, el “envejecimiento de la población” se presenta a menudo como un desafío significativo del siglo XXI. Detrás de esta noción se oculta un enfoque que resalta aspectos negativos asociados a la vejez, como la carga, dependencia y costos, mientras que el término “longevidad” rara vez se menciona. Este matiz semántico refleja una visión conceptual que aborda el cuerpo y la vida desde una perspectiva de déficit, donde el envejecimiento se asocia predominantemente con el declive y la enfermedad.
A pesar de que el envejecimiento ha sido interpretado desde una óptica biologicista, su interpretación como una etapa definida del ciclo vital no siempre ha sido universal. En el enfoque dominante, se considera un proceso inevitable de pérdida y exposición a patologías. Este contexto se ve agravado por el modelo biomédico que establece la salud como mera ausencia de enfermedades, implicando que incluso una persona mayor sana es vista como potencialmente enferma.
Al introducir el concepto de longevidad, se presenta una oportunidad para cambiar este enfoque. En lugar de enfocarse en las pérdidas, se puede examinar aquello que se ha preservado y adquirido a lo largo de los años. Longevidad plantea preguntas cruciales: ¿qué condiciones posibilitan vivir más y mejor? ¿Por qué estas oportunidades no están igualmente distribuidas?
Este concepto se convierte en un desafío para el discurso tecnocrático, ya que expone desigualdades estructurales y critica un modelo de salud que opera bajo un enfoque curativo. Impulsa la necesidad de políticas públicas sostenibles y no meramente reactivas, buscando una sociedad que valora la dignidad y equidad en el proceso de envejecimiento.
La planificación para una población “envejecida” no debe confundirse con una sociedad “longeva”. Esta diferencia semántica revela dos horizontes políticos: uno centrado en gestionar el deterioro y otro en asegurar trayectorias de vida dignas. Si se sigue considerando el envejecimiento como nocivo para la salud, la respuesta social será aumentar hospitales y tratamientos. En cambio, si se entiende la longevidad como un derecho, se sugiere repensar el sistema de salud con un enfoque que incluya y valore a las personas mayores.
Es relevante mencionar que la noción de “envejecimiento saludable” fue adoptada por la OMS en 2015, como evolución del concepto de “envejecimiento activo”. Este último promovió una visión centrada en la participación y seguridad de las personas mayores, aunque, con el tiempo, mostró limitaciones al idealizar trayectorias autónomas sin considerar desigualdades estructurales.
El enfoque de envejecimiento saludable ha evolucionado para reconocer que la funcionalidad de una persona mayor depende de sus condiciones individuales y del entorno donde vive. Sin embargo, esta noción todavía resulta insuficiente en un contexto de desigualdad, y se propone que la longevidad sea considerada un derecho en lugar de una responsabilidad individual.
El cambio hacia el término “longevidad saludable” resalta la necesidad de abordar la vida prolongada de manera social y equitativa. Este enfoque no solo enfatiza la funcionalidad, sino que también defiende un marco que promueva derechos y justicia social.
La narrativa sobre el envejecimiento debe alejarse de la visión de déficit y enfocarse en la experiencia acumulada y las contribuciones de los mayores. Los determinantes sociales de la longevidad saludable comienzan desde la infancia, involucrando aspectos como el trabajo y el acceso a recursos. Por lo tanto, es esencial que los gobiernos implementen políticas públicas que sostengan la longevidad saludable desde un enfoque de justicia social.
En el ámbito del lenguaje, las palabras que elegimos no son solo un reflejo de la realidad, sino un medio para influir en la percepción social. Nombrar el envejecimiento y la longevidad implica decisiones sobre cómo gestionar y valorar estos procesos. Hablar de longevidad es reconocer que vivir más años no debe ser visto como una carga, sino como un logro colectivo asociado a derechos y cuidados.
En conclusión, es fundamental replantear el discurso sobre la vejez, abriendo la discusión a expertos en gerontología y otros campos de conocimiento. La forma en la que nombramos y conversamos sobre estos temas puede tener un impacto real en la sociedad. Abordar la longevidad como derecho significa cuestionar las estructuras que limitan a ciertas personas en su capacidad de vivir dignamente hasta la vejez y, en última instancia, construir un futuro más justo y equitativo para todos.
La información presentada pertenece a la fecha de publicación original, 2025-06-05 09:58:00, y refleja el estado del conocimiento y las discusiones contemporáneas sobre el envejecimiento y la longevidad en ese contexto.
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