En una era donde la rapidez y la flexibilidad dictan el éxito, las instituciones multilaterales enfrentan una presión sin precedentes en el ámbito del desarrollo global. Con el surgimiento de empresas emergentes y gigantes tecnológicos que despliegan soluciones digitales a un ritmo vertiginoso, la necesidad de adaptación se vuelve imperativa. Los donantes, que anteriormente mantenían un enfoque más tradicional, ahora exigen una agilidad que las organizaciones tradicionales simplemente no pueden ofrecer.
A lo largo de los años, entidades como el Grupo de Observación de la Tierra (GEO) han trabajado por establecer ecosistemas de datos abiertos y confiables. A medida que estas instituciones ven que el sector privado avanza más rápido, las exigencias de innovación rápida se hacen más intensas, demandando un enfoque más moderno y menos burocrático para la gestión de proyectos.
Desafortunadamente, muchas de estas organizaciones no fueron diseñadas para la agilidad. La gobernanza por parte de los Estados miembros a menudo resulta en procesos burocráticos que sofocan la innovación y perpetúan la aversión al riesgo. Poco se hace para retirar proyectos ineficaces, lo cual se traduce en recursos malgastados y una ineficiencia crónica.
Sin embargo, algunas instituciones han comenzado a adoptar un enfoque más dinámico. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), por ejemplo, ha creado una red de 91 laboratorios de aceleración que buscan innovar y adaptarse a los desafíos en 115 países. Este modelo de aceleración permite que las organizaciones realicen pruebas rápidas de nuevas ideas, en lugar de enmarcarse en un ciclo de planificación interminable.
Dentro de este nuevo contexto, establecer una “cartera de apuestas” se convierte en una estrategia crucial. Inspirándose en ejemplos corporativos, como el acelerador de Bosch, que invirtió considerablemente en una variedad de proyectos, las instituciones multilaterales pueden seguir un modelo similar que promueva la exploración y la asunción calculada de riesgos. La experiencia demuestra que algunas de las iniciativas más efectivas surgen cuando el fracaso es posible y aceptable.
El éxito de programas como el Acelerador de Innovación del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, que ha movilizado casi 300 millones de dólares desde 2015, contrasta con los enfoques tradicionales de financiación, que son rígidos y poco propensos a eliminar iniciativas fallidas. Este afán de modernización se debe complementar con reformas que hagan de la innovación una competencia fundamental y diaria de estas organizaciones.
Por tanto, es esencial que el personal dentro de estas instituciones no tema a las repercusiones de un error. En su lugar, los directivos deben fomentar un entorno en el que se valore la creatividad y el riesgo calculado. Las organizaciones deben adoptar estructuras más ágiles, empoderando a los equipos interdisciplinarios para que puedan reaccionar con eficacia ante desafíos emergentes.
Las jerarquías rígidas y los prolongados ciclos de planificación son obstáculos significativos. Para que las instituciones multilaterales tengan éxito, es vital que adopten métodos de gestión flexibles y técnicas de adaptación rápida en sus procesos.
Con la historia como testigo, queda claro que para enfrentar los retos globales, la tecnología y la innovación no son solo ventajas competitivas; son una necesidad. A medida que las instituciones multilaterales se enfrentan a un ecosistema en constante evolución, adaptarse y evolucionar se convierte en la única opción viable para mantenerse relevantes y efectivas.
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