En el corazón del Pacífico, la isla de Rapa Nui, conocida por sus imponentes estatuas moai, es un fascinante microcosmos de historia, cultura y controversia. Durante los primeros años del siglo XX, Katherine Routledge, una de las pocas mujeres exploradoras de su época, se unió a su esposo para estudiar esta remota isla. Durante su estancia, hizo una conexión notable con Angata, una profetisa rapanui que lideró un levantamiento contra la opresiva industria ovina que dominaba la isla. Mientras Scoresby, un miembro del equipo, desestimaba a Angata como una “mujer loca”, Katherine la vio como una figura carismática en una lucha por la identidad y la autonomía cultural. Al recibir un regalo de Angata, esta humilde mujer declaró que no había necesidad de agradecimientos, pues el sustento provenía de Dios.
A pesar de la valiosa investigación de los Routledge, la narrativa de una civilización antigua en ruinas atrajo más atención que los hallazgos científicos. Esta imagen fue capturada y popularizada por Thor Heyerdahl, un explorador noruego que se volvió célebre en las décadas de 1950 y 1960. Con una mezcla de carisma y audacia, Heyerdahl propuso que los moai no podían haber sido creados por los ancestros de los actuales isleños, sino por migrantes de las Américas. En un giro polémico, sugirió que los primeros habitantes de Rapa Nui eran una raza caucásica que había navegado desde lo que hoy es Irak o Turquía, una perspectiva que carece del matiz histórico que la investigación contemporánea exige.
En 1947, Heyerdahl llevó a cabo un experimento audaz al zarpar desde Perú en una balsa de madera de balsa llamada Kon-Tiki. Después de más de tres meses en el océano, llegó a Tahití, demostrando que un viaje precolombino era teóricamente posible. Este viaje no solo le valió fama sino también un libro superventas y un documental Oscar, sellando su legado cultural en la historia de la exploración.
A pesar de la controversia que rodea las teorías de Heyerdahl, su narrativa fue rápidamente adoptada por medios de comunicación y académicos, lo que moldeó la percepción popular de la isla. Incluso se presentó en el cine, como en la película “Rapa-Nui” de 1994, que retrataba una narrativa cargada de romance y guerra. Luego, el libro de Jared Diamond, “Collapse”, estableció a Rapa Nui como un caso emblemático de la autodestrucción ecológica, alimentando la idea de que la isla había sucumbido a la devastación ambiental.
Sin embargo, el relato de Pitts, construido con nuevos hallazgos arqueológicos y una revisión de las narrativas históricas, ofrece una perspectiva diferente. Según los estudios actuales, se cree que Rapa Nui fue colonizada alrededor del año 1200 por polinesios que llegaron en canoas. Esta travesía, lejos de ser un acto de desesperación por la supervivencia, fue un testimonio de la tenacidad y adaptabilidad de los primeros isleños. La genética moderna confirma sus orígenes polinesios con indicios de contacto con Sudamérica, pero más como resultado de intercambios posteriores que de una migración inicial.
Los primeros colonizadores se encontraron con una isla que, aunque menos exuberante que sus hogares anteriores, ofrecía recursos para prosperar. En unas pocas generaciones, comenzaron a tallar los sorprendentes moai, una hazaña que demuestra no solo su ingenio, sino también su resiliencia ante las adversidades. La historia de Rapa Nui sigue desarrollándose, y la investigación en curso promete arrojar más luz sobre esta fascinante cultura que desafía las narrativas simplistas del colapso y la ruina.
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