El 3 de enero, el mundo se despertó con la impactante noticia de la captura de Nicolás Maduro, el presidente de facto de Venezuela. Esta situación ha generado una ola de análisis y opiniones diversas, creando un escenario que podría resultar positivo para el país suramericano y su ciudadanía. La posibilidad de un renacer en la infraestructura petrolera, fundamental para el desarrollo económico, así como la mejora en el acceso a insumos y servicios básicos, se vislumbra como un rayo de esperanza tras años de crisis.
Las comparaciones entre la detención de Maduro y otros líderes derrocados no se han hecho esperar, evocando recuerdos de la captura de Sadam Hussein en Irak en diciembre de 2003, o la caída de Manuel Antonio Noriega en Panamá tras la intervención militar estadounidense de 1989. Las similitudes son intrigantes: ambos líderes enfrentaron acusaciones de vínculos con el crimen organizado y de legitimar su poder en detrimento de los verdaderos ganadores de elecciones.
Venezuela, que alberga alrededor del 17% de las reservas de petróleo del mundo, y Panamá, con su estratégica ubicación geográfica y su canal interoceánico, comparten un papel geopolítico crucial. Así como Noriega se afianzó en Panamá tras la muerte de Omar Torrijos en 1981, Maduro asumió el poder después de la muerte de Hugo Chávez en 2013. Ambos líderes utilizaron su control para mantener un régimen fuerte, independentemente de las crecientes presiones externas.
Un encuentro anecdótico en junio de 1988 permite vislumbrar la dinámica entonces imperante. Durante una delegación mexicana en Panamá, Noriega se mostró presionado por Estados Unidos, resaltando la fragilidad de su posición. La ironía de la historia se revela en un análisis contrafactual: si los demócratas hubieran ganado las elecciones estadounidenses de 1988 y 2024, la historia de Noriega y Maduro podría haber sido muy diferente, prolongando sus regímenes autoritarios.
De cara al futuro, el destino que aguarda a Maduro podría recordar al de Noriega, quien recibió una condena de 40 años, aunque solo cumplió 17 antes de regresar a su país natal, donde falleció en 2017. Un proverbio sajón, “no se pueden sostener dos cosas incompatibles al mismo tiempo”, resuena en este contexto, subrayando la difícil situación de los líderes que intentan mantenerse en el poder ante las exigencias internas y externas.
Frente a estos acontecimientos, es imperativo que México revise su postura histórica en la política internacional. Abandonar doctrinas obsoletas y definir con claridad sus prioridades estratégicas, particularmente en la relación con Estados Unidos, se vuelve esencial. Con 12 millones de mexicanos en el Norte y un comercio bilateral de 800,000 millones de dólares, así como remesas e inversión extranjera de considerable magnitud, el enfoque debe estar en el desarrollo de lazos robustos al Norte, en lugar de en el Sur.
Así, el futuro de Venezuela y las lecciones del pasado emerge como un tema candente, que invita a la reflexión sobre el papel de los líderes y la capacidad de los países para superar sus crisis internas y forjar un nuevo rumbo. Esta nueva etapa, en la que la reconstrucción y la estabilidad son necesarias, ofrece un rayo de esperanza.
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