En una reciente gira de trabajo en Chiapas, me encontré con Don Manuel, un hombre de 54 años que, a pesar de sus esfuerzos como jornalero, enfrenta la dura realidad de no poder leer adecuadamente. “Aprendí a firmar, pero me cuesta mucho leer un recibo”, confesó con resignación. Su historia es solo una entre millones en México, donde el acceso a una educación de calidad sigue siendo un sueño distante para muchos.
Recientemente, se publicaron los resultados sobre pobreza, esta vez a cargo del INEGI, marcando un hito en la presentación de estos datos. Aunque las cifras parecen mostrar avances, es esencial entender que detrás de cada número se ocultan historias como la de Don Manuel, que definen la verdadera magnitud del rezago educativo en el país.
La educación de calidad es, sin duda, el motor primordial de la movilidad social, incrementando la productividad y el crecimiento económico. Sin embargo, los datos revelan un estancamiento preocupante. En 2024, 24.2 millones de personas siguen padeciendo rezago educativo, un estancamiento que indica que apenas ha habido una reducción del 0.8% en dos años. Es importante considerar que 19.4% pasó a 18.6% en el porcentaje de población con esta carencia. La celeridad de estos cambios es muy inferior al tamaño del reto que enfrentamos.
Más alarmante es que en seis estados, incluyendo Chiapas—donde el rezago educativo aumentó del 31.1% al 34.0%—la situación se ha deteriorado. Otros estados como Oaxaca y Veracruz también presentan incrementos preocupantes. Por su parte, Tabasco ha mantenido una cifra constante del 17.9%, una parálisis que no debe ser ignorada. Estas cifras generan un panorama sombrío que resalta la falta de oportunidades educativas.
El rezago educativo no es solo una cifra fría en un informe técnico; es una tragedia que priva a millones de la posibilidad de un futuro mejor, dejando a generaciones atrapadas en un ciclo de pobreza. La falta de educación adecuada limita el acceso a empleos dignos, la capacidad de innovar y competir en un mundo que exige cada vez más preparación.
Cada punto porcentual que no baja lo suficiente representa historias truncas: jóvenes que abandonan la escuela para buscar trabajo, niñas que jamás acceden a secundaria y adultos excluidos del mercado laboral por la falta de un certificado académico. Es una pérdida significativa de talento y creatividad, elementos esenciales para el desarrollo integral del país.
Las autoridades a menudo afirman que “vamos bien”, pero la cuestión crítica sigue siendo: ¿qué futuro espera a esos 24 millones de mexicanos que hoy permanecen al margen del conocimiento? En esta respuesta reside no solo el futuro de ellos, sino el de nuestra nación en su conjunto.
Para transformar esta realidad, debemos entender que la educación no es un gasto, sino la mejor inversión social y económica que podemos hacer. Si el gasto social se dirigiera prioritariamente hacia la educación, estaríamos atendiendo el problema desde su raíz. Este es el camino hacia un México con oportunidades sólidas y un futuro más esperanzador.
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