La productividad, elemento clave en la economía, se define como la capacidad de generar más valor con la misma cantidad de recursos o, en su defecto, mantener costumbres con menos insumos. Este indicador de eficiencia no solo afecta el crecimiento económico, sino que también se refleja en salarios y en el bienestar general de la población. Pero, ¿qué factores impulsan realmente la productividad en una nación?
Entre los elementos que la afectan se encuentran la adopción de tecnologías, la innovación, la educación y las condiciones laborales. Sin embargo, un reciente análisis pone en duda la inmediatez del impacto de la inteligencia artificial (IA) en la productividad. A pesar del potencial transformador de la IA, la adopción empresarial de estas tecnologías avanza lentamente. Históricamente, la incorporación de nuevas herramientas, como la electricidad en el siglo XX, tomó décadas; un fenómeno que podría repetirse con la IA. Actualmente, solo entre el 5% y el 6% de las empresas utilizan la IA en sus procesos productivos, más allá de aplicaciones básicas como chatbots.
A pesar de la creciente presencia de la IA, el mercado laboral ha visto un aumento en los empleos profesionales, contrastando con la estabilidad de los empleos manuales. Este crecimiento puede reflejar que, hasta el momento, la IA no ha desplazado significativamente el trabajo humano. Ambos estudios analizados establecen que la adopción de nuevas tecnologías es un proceso gradual, y las proyecciones sobre un rápido aumento en la productividad están, de momento, moderadas.
Para contrarrestar la percepción de que las horas trabajadas se correlacionan directamente con la productividad, es crucial observar estudios de la OCDE. Por ejemplo, países latinoamericanos como Colombia, México, Costa Rica y Chile son algunos de los que más horas laboran anualmente, pero sus niveles de productividad son de los más bajos. En cambio, naciones como Irlanda y Noruega, que registran jornadas laborables más cortas, logran una productividad destacada. Este contraste subraya que la eficiencia y no solo la cantidad de horas trabajadas es determinante en la productividad.
A nivel global, la OCDE indica que, entre 2022 y 2023, la productividad de sus países miembros creció un modesto 0.6%, con una caída del 0.9% en la Unión Europea, la más significativa desde 2009. En el caso de México, el largo período de estancamiento económico, promediando un crecimiento de solo 1% anual en los últimos siete años, está conectado, al menos en parte, a la baja productividad.
Abordar el tema de la productividad en México es urgente. Persistir con un crecimiento mediocre podría resultar riesgoso en el futuro. La realidad revela desafíos estructurales que incluyen rezagos educativos, baja calidad de la fuerza laboral, elevada informalidad y una inversión insuficiente, afectada por la incertidumbre jurídica. Este contexto sugiere que un aumento en el salario mínimo o transferencias económicas por sí solas no pueden sustituir los beneficios de un crecimiento económico saludable y sostenido.
Parafraseando los análisis, la ruta hacia una mayor productividad requiere un enfoque integral que promueva la adopción de tecnología, la mejora en la educación y un entorno que fomente la actividad productiva. Solo así se podrán lograr avances significativos en la competitividad y el bienestar de la población.
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