En México, la violencia contra niñas y niños se manifiesta de manera alarmante, muchas veces en el lugar que debería ser más seguro: el hogar. Un informe reciente revela que el país se encuentra entre aquellos de América Latina y el Caribe donde la práctica de la disciplina violenta sigue siendo endémica en la crianza. Este reporte, que aporta datos devastadores, señala que más de la mitad de los menores de entre 1 y 14 años en la región han experimentado alguna forma de disciplina violenta, ya sea a través de golpes, humillaciones o amenazas.
La problemática va más allá de las agresiones físicas; la agresión psicológica ha sido identificada como la forma más común de disciplinar a los jóvenes, con un 46% de los niños que han sufrido este tipo de maltrato en la región. Los castigos físicos, aunque en un porcentaje menor del 38%, continúan siendo una práctica habitual, lo que evidencia una normalización preocupante de la violencia en el ámbito familiar.
UNICEF advierte sobre las graves repercusiones de estas prácticas, que no solo empeoran el comportamiento de los niños, sino que también tienen efectos duraderos en su salud mental, aprendizaje y relaciones familiares. Lo más inquietante es que la violencia en la infancia no se limita a los menores en general; los niños y niñas con alguna discapacidad enfrentan un riesgo aún mayor, siendo más propensos a recibir castigos violentos que sus pares sin discapacidad.
Esta situación refleja un contexto social más amplio donde la violencia doméstica se entrelaza con problemas como la pobreza y la discriminación. El informe también menciona otras formas de violencia, como el abuso sexual y el bullying, pero subraya que el maltrato en casa es la forma más normalizada, que crea un ciclo perpetuo de daño que puede extenderse hasta la adultez.
A pesar de que varios países en la región, incluyendo México, han hecho compromisos destinados a erradicar todas las formas de violencia física contra los menores, las leyes por sí solas no son suficientes. La clave, según el informe, radica en transformar las creencias culturales que justifican el castigo corporal. Se hace evidente que es necesario implementar programas de apoyo a padres y cuidadores, así como capacitación para docentes, promoviendo modelos de crianza positiva que fomenten la resolución de conflictos sin violencia.
La violencia en la infancia es un problema que va más allá de un evento aislado; su impacto afecta la salud, bienestar emocional y oportunidades futuras de millones de niños y niñas. Cada estadística representa historias de miedo y sufrimiento, mostrando la urgente necesidad de cambiar la narrativa que respalda la idea de que “pegar educa”. Es imperativo construir entornos familiares donde la protección prevalezca sobre la violencia. Solo así se podrán romper los ciclos dañinos que han perpetuado el maltrato en las próximas generaciones.
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