América del Norte y América Latina: dos perspectivas divergentes pero intersectadas en la deliberación política contemporánea. El enfoque de Donald Trump hacia la región se contrasta fuertemente con las visiones de Marco Rubio, manifestando cómo ambas agendas operan en trayectorias separadas, pero que se cruzan en puntos críticos.
Un hecho determinante ocurrió el 26 de junio, cuando Christopher Landau, el segundo al mando del Departamento de Estado, dejó entrever que Estados Unidos podría reconsiderar su membresía en la Organización de Estados Americanos (OEA). La OEA ha sido criticada por su ineficacia ante crisis gravísimas como la situación de Haití y el régimen en Venezuela, lo que ha llevado a muchos a cuestionar su relevancia actual.
Históricamente, la OEA ha sido vista por figuras como Fidel Castro y Hugo Chávez como un “ministerio de las colonias”, ilustra un sistema operado desde Washington. En años recientes, la OEA ha enfrentado la creciente influencia de otras instancias diplomáticas creadas bajo el ala del chavismo, lo que ha debilitado su posición en el hemisferio.
El presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, junto con otros líderes como Nicolás Maduro, han desafiado la autoridad de la OEA, lo cual parece resonar con el pensamiento de Trump. Este planea adoptar un enfoque más directo e independiente en las relaciones internacionales, omitiendo la mediación de la OEA.
Mientras tanto, líderes como Lula de Brasil y Gustavo Petro de Colombia manifiestan su deseo de manejar sus disputas con Estados Unidos sin que se amplíen más allá de la OEA, desearían que la situación no se deteriorara más allá del ámbito diplomático.
Desde la Casa Blanca, la actual postura respecto a México no parece ser la misma que la de la administración anterior. Marco Rubio, quien permanece atento a las dinámicas políticas en México, ha cuestionado la influencia que los cárteles de la droga ejercen en gran parte del territorio nacional. Sus declaraciones enfatizan un distanciamiento hacia el partido de AMLO, Morena, considerando que las relaciones diplomáticas se han enfriado.
La percepción en Washington es que AMLO ha limitado el acceso a ciertos funcionarios mexicanos, siendo el enfoque en seguridad un tema prioritario para el gobierno estadounidense. La relación entre ambos países parece depender de un delicado equilibrio entre la seguridad y el comercio, con el riesgo de enfrentar consecuencias serias si se elige ignorar estas dinámicas.
En este campo de juego político, las decisiones de la Casa Blanca involucran una evaluación constante de las relaciones internacionales, donde cualquier acercamiento a regímenes considerados hostiles por Estados Unidos será scrutinado en un plazo determinar de 90 días.
Por lo tanto, la OEA, que antaño fue un foro crucial para el diálogo hemisférico, parece estar atrapada en un estancamiento. La reciente interacción de la política mexicana sugiere que la dinámica es inestable, especialmente con un partido como Morena, que ahora enfrenta críticas en su rol y su visión.
Dicha complejidad en las relaciones diplomáticas en América Latina, un tema de actual relevancia en la política internacional, nos lleva a observar cómo las agendas de líderes como Trump y Rubio redefinen las interacciones en la región, un escenario que requiere seguimiento continuo.
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