En el mundo contemporáneo, marcado por una omnipresencia tecnológica, las reflexiones sobre dispositivos que parecen inofensivos, como los teléfonos móviles, despiertan una inquietud creciente. En un relato icónico, se describe cómo un reloj no solo es un instrumento para marcar el tiempo, sino un símbolo de posesiones que nos encadenan. Esta metáfora podría aplicarse sin esfuerzo al teléfono móvil, que a menudo se presenta como un regalo, pero que puede convertirse en un “calabozo de aire”.
El temor inherente a la pérdida del dispositivo, la ansiedad por protegerlo de daños, y la competencia implícita por tener el modelo más avanzado reflejan cómo los jóvenes son sometidos a una presión social constante. Esta situación es visiblemente alarmante: un 10% de los adolescentes reporta haber sido víctima de ciberacoso y muchos enfrentan formas de violencia digital, donde, paradójicamente, son tanto perpetradores como víctimas. En este contexto, el impacto del uso generalizado de redes sociales parece intensificar desigualdades y estereotipos, particularmente en lo que concierne a la imagen corporal, afectando desproporcionadamente a las mujeres.
Las preocupaciones sobre el bienestar digital de los menores han llevado a un análisis profundo, donde se han desarrollado una serie de ensayos que abordan esta compleja problemática desde diversas disciplinas: sociología, psicología, ciberseguridad, entre otras. A través de estas investigaciones, se han tejido redes de diálogo que incluyen no solo a expertos, sino también a los propios jóvenes, quienes urgidos por el deseo de ser escuchados, ofrecen perspectivas valiosas sobre la situación actual.
En un evento reciente, jóvenes compartieron audazmente sus opiniones. Una de ellas, en un tono con un matiz de humor, sugirió que el consejo sobre el uso de móviles debería dirigirse más a los padres que a sus amigos. Señaló que tener un dispositivo en manos de un niño puede equivaler a otorgar un “estímulo constante” que puede ser perjudicial. Relató una experiencia en la que, al disfrutar de un atardecer, vio a un bebé absorto en una pantalla, perdiendo una experiencia sensorial fundamental y transformadora.
Las voces de esta generación emergente claman por un contacto humano y por la desconexión de las pantallas. A medida que advierten con creciente preocupación cómo las tecnologías limitan las interacciones significativas y crean una brecha comunicativa con sus propias familias, surgen demandas de una educación más entendida del entorno digital. A esta inquietud, un joven de 14 años respondió que deseaba que quienes deciden sobre el tiempo de exposición a la tecnología educaran a los niños sobre su funcionamiento y su impacto.
Los datos revelan la urgente necesidad de reconectar. En una encuesta realizada, aproximadamente el 90% de los jóvenes se mostró a favor de liberarse de las redes sociales si esto significara encontrar mayor bienestar. La experiencia compartida se ve frustrada cuando el entorno familiar no promueve espacios libres de distracciones tecnológicas; de hecho, establecer un tiempo de cena sin móviles podría ser una de las medidas más efectivas, según los expertos en la materia.
Un enfoque educativo que explique la economía digital, la seguridad en línea y los problemas de privacidad puede ofrecer una vía para que los jóvenes retomen el control de su relación con la tecnología. Promover un uso consciente y responsable es crucial. Como subrayó un especialista reciente, educar a las nuevas generaciones para que sean usuarios competentes de la tecnología es un objetivo esencial que se debe alcanzar tanto en las aulas como en el hogar.
La clave para que los jóvenes no se conviertan en los verdaderos regalos tras la compra de un móvil radica en el conocimiento. Empoderar a las futuras generaciones con habilidades críticas les permitirá tomar decisiones informadas y equilibradas frente a un universo digital que, si bien ofrece una vasta gama de oportunidades, también entraña retos significativos.
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