“Esto antes se veía verde”, dice con nostalgia Gabriela García, vecina del distrito de Lurín, desde la cima de un cerro ubicado en el complejo arqueológico Pachacámac, a unos 30 kilómetros al sur de Lima. En esta mañana con un sol parpadeante, el panorama que se divisa al mirar hacia abajo es un archipiélago de campos de cultivo, almacenes, fábricas, trazos de carreteras.
Lo que se ve, mientras el sol ya descarga algunos rayos más decididos, es la parte baja del valle del río Lurín, que desde las partes altas de esta zona central del país conforma una cuenca sembrada de montañas, afluentes y numerosos pueblos. Su tramo final está allí, por donde pulula ese tractor, y por donde también se ve el último brazo de agua que llega al océano.
A lo lejos se distingue un tractor que parece aplanar la tierra. “Seguro que no tiene autorización, pues acá pasa cualquier cosa”, dice García, algo azorada. La máquina levanta un polvo que afea más la escena, aunque a la derecha se observan unas playas y el mar abierto, azulino e interminable, en donde emergen un par de hermosas islas clavadas en el horizonte.
Podría ser una naturaleza muerta más de las tantas que hay en este depredado planeta. Pero ocurre que ese río barroso, que parece llegar exhausto a su última estación, y esos campos parcelados que en un sector lucen cortados por un almacén de metal intruso, son casi las últimas reservas de verdor que le quedan a Lima, una brumosa urbe de más de nueve millones de almas.

¿Horizontes perdidos?
Desde la cima del santuario arqueológico se divisa el mar, con sus dos hermosas islas a las que popularmente se les llama “La ballena”, cuando en realidad son las islas de La Viuda y Pachacámac. Volteando hacia adentro del valle aparecen otra vez los huertos en vías de extinción, las fábricas invasoras y, hacia el fondo, los pueblos de Lurín y Pachacámac.
A última hora, el arquitecto Eusebio Cabrera, gerente de Desarrollo Urbano de la Municipalidad de Lima, ha declarado que el RIZ ha sido suspendido, aunque hay zonificaciones anteriores que ya no se pueden modificar. Y que en los últimos años se ha producido “la intromisión de actividades que han cambiado el uso y han atomizado el tamaño de las parcelas”.
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