La situación política y económica en Campeche ha mostrado signos alarmantes de deterioro, una realidad que la población no puede ignorar. Desde 2018, el predominio del morenismo en la política local se ha traducido en una aparente falta de nuevos líderes capaces de llevar a cabo una gestión efectiva, lo que plantea serias interrogantes sobre el futuro del estado.
La economía campechana no solo enfrenta una desaceleración, sino que carece de un plan claro para su reactivación. La marginación de PEMEX es particularmente notable; Campeche, un estado históricamente vinculado a la industria petrolera, observa un silencio ensordecedor desde el gobierno, mientras los empresarios locales se sienten intimidados a alzar sus voces. La situación es crítica: la obra pública escasea, y el acoso fiscal del SAT y otros organismos gubernamentales pesa sobre los negocios de la región, creando un clima de descontento generalizado.
El panorama se oscurece aún más con la reciente desbandada de al menos diez diputados locales de Morena, descontentos con el liderazgo de figuras como Layda Sansores y Liz Hernández. Esta ruptura en las filas del partido sugiere una falta de cohesión que podría tener repercusiones significativas en el ámbito legislativo, donde la insubordinación frente a las imposiciones del gobierno ha ido en aumento. El quiebre de relaciones en el Congreso refleja un clima de tensión, y se hace evidente que los intereses políticos y personales han comenzado a afectar el bienestar de los campechanos.
Mientras tanto, la población se enfrenta a un aumento en el costo de vida, dado el debilitamiento del peso frente al dólar. Este desfase afecta especialmente a pequeños y medianos empresarios, que ya luchan por mantener a flote sus negocios en un entorno hostil. La percepción de una crisis económica se hace palpable en la “ciudad amurallada”, donde los trabajadores de la economía informal, como los boleros que adornan el parque central, parecen ser los únicos beneficiados por la situación actual.
El descontento entre los ciudadanos es manifiesto; no solo se siente abandono por parte de un gobierno que prometió cambios sustanciales, sino que también se percibe un clima de miedo que permea la política local. La falta de operadores políticos hábiles y la escasa voluntad para entablar diálogos significan que los campechanos están perdiendo su capacidad de influir en el futuro de su estado.
Frente a esta crisis, la comunidad política necesita un examen de conciencia profundo. La reivindicación del fuero, que ya se había perdido en 2016, se presenta como un tema candente, pero el regreso a las viejas formas sin un consenso social solo intensifica la polarización. Las encuestas indican tendencias que no favorecen al partido guinda; el futuro es incierto, y la amenaza de nuevas dinámicas de poder podría forzar a muchos a abandonar la escena política.
En este contexto complicado, la mandataria nacional ha comenzado a mostrar su carácter en eventos recientes, como su visita a Baja California. La impronta de su liderazgo se siente en cada rincón, y no estamos lejos de ver repercusiones judiciales que podrían agitar aún más el panorama político en los próximos meses.
Con esta serie de acontecimientos, la historia de Campeche se teje con incertidumbre, y la próxima etapa de su desarrollo dependerá no solo de las decisiones que se tomen en los pasillos del poder, sino también de la habilidad de sus ciudadanos para reclamar un futuro más justo y sostenible en el campo político y económico. La necesidad de un cambio genuino y la urgencia de un liderazgo responsable nunca han sido tan evidentes.
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