En un audaz giro de la comedia negra, el nuevo filme dirigido por Cathy Yan, que se estrenó en el Festival de Sundance, precisamente el 1 de febrero de 2026, desafía las normas del mundo del arte al plantear una premisa extremada: ¿qué tan lejos llegarían algunos marchantes para obtener éxito en su industria? En The Gallerist, la acción se sitúa en la vibrante Art Basel en Miami Beach, donde la protagonista, Polina Polinski, interpretada por Natalie Portman, se ve atrapada en una absurda situación que involucra un cadáver oculto a plena vista.
Polina, una marchanta de arte enriquecida por un acuerdo de divorcio, se encuentra promoviendo la debut de una artista afroamericana, mientras un escultural trabajo titulado “Daddy’s Shears” provoca tanto interés como inquietud. Este arte, que representa una herramienta utilizada para la mutilación en el ganado, se convierte en el centro de una fatalidad inesperada cuando un influencer local, encarnado por Zach Galifianakis, sufre un accidente mortal en la galería. En una vuelta irónica, Polina decide subastar el cuerpo como parte de la obra, llevando la noción de lo que puede considerarse “arte” a un extremo grotesco.
En medio de esta caótica narrativa, varios personajes secundarios, como la asistente agobiada interpretada por Jenna Ortega y la astuta marchanta Catherine Zeta-Jones, añaden un nivel adicional de intriga y humor a la trama, reflejando la complejidad y las ambiciones del mundo del arte contemporáneo. La intención de la película, coescrita por Yan y James Pedersen, parece ser una farsa ligera que, lejos de buscar la verosimilitud, opta por un humor exagerado que recuerda el vaudeville.
Lo que destaca en esta producción no es solo su enredo de intrigas y humor negro, sino la crítica a un mercado del arte donde el valor de una obra se mide por su precio en efectivo. La presentación de personajes exagerados y situaciones absurdas sugiere una exploración satírica de una industria a menudo envuelta en el misterio y el elitismo.
La provocativa propuesta de The Gallerist seguramente atraerá a audiencias jóvenes y curiosas hacia el próximo evento de Art Basel, deseosas de experimentar las extravagancias y la particularidad del mundo del arte que se dibuja en la pantalla. Aunque la película no aspire a transformar el mercado del arte, sin duda ofrece un escenario intrigante y entretenido para reflexionar sobre las dinámicas de poder y ambición que juegan, no solo en el cine, sino en la vida real de la sofisticada industria del arte.
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