En la región Oriente de Michoacán, la lengua otomí enfrenta una crisis alarmante: antes de la pandemia, se contabilizaban 250 hablantes, pero hoy apenas quedan alrededor de 80, la mayoría de los cuales son adultos mayores. Este peligro inminente de extinción ha impulsado a las comunidades indígenas locales a iniciar una resistencia cultural para preservar su identidad.
Recientemente, se llevó a cabo un evento significativo en el que se presentó la nueva bandera otomí, un símbolo que encapsula su cosmovisión, territorio y valores comunitarios. Pedro Baltazar, docente de la Universidad Intercultural Indígena de Michoacán, explicó que los colores de la bandera tienen un profundo significado: el azul representa el cielo, el amarillo simboliza el sol y valores como la humildad y la amistad, mientras que el negro alude a la muerte como un paso natural y esperado hacia otra dimensión. En el centro, el ciclo de la vida y las estaciones del año se refleja junto a una flecha inspirada en el término ‘Topa’ o ‘Tomí’, que significa flechador de pájaros. Además, el verde representa las montañas que rodean a las siete comunidades otomíes en la zona.
Esta bandera no solo es un símbolo, sino un medio para reconectar con las raíces culturales que están en peligro de desaparecer, como el idioma, la música y la gastronomía. Aunque se estima que en Michoacán hay unas 25,000 personas de origen otomí, la lengua ha dejado de hablarse dentro del núcleo familiar. Sin embargo, la educación indígena busca fortalecerla en las aulas, intentando mantenerla viva entre las nuevas generaciones.
La comunidad otomí, aunque numéricamente escasa, considera que su identidad no se define únicamente por la lengua. Miguel Ángel Esquivel, uno de los participantes del evento, subrayó que su cultura también incluye costumbres, vestimenta y gastronomía. El orgullo por la superación de obstáculos resuena en las voces de quienes participan en esta resistencia. “Somos pocos, pero somos muy grandes de corazón”, afirmó.
A pesar de las dificultades y la falta de visibilidad, la lucha por el reconocimiento y la preservación de su cultura sigue adelante. Daniel Orozco, Consejero Nacional del Pueblo Otomí, lamentó que en el Plan de Justicia Nacional solo haya un consejero representando tanto a otomíes como a mazahuas, lo que deja a muchas comunidades sin voz.
La tradición musical también se ve amenazada, ya que instrumentos tradicionales son ahora tocados casi exclusivamente por personas mayores. En respuesta a esta crisis, se ha propuesto un taller de violín para formar a nuevas generaciones de músicos, y se destaca el esfuerzo del colectivo Yavenanzana, un grupo de mujeres que se dedica a rescatar la gastronomía tradicional utilizando ingredientes autóctonos como hongos y quelites.
El presidente del autogobierno de Carpinteros, Juan Luis Sánchez Garduño, enfatizó que, aunque el Oriente de Michoacán sea un bastión otomí, la visibilidad de su cultura ha sido escasa. Sin embargo, reafirmó que “estamos vivos, estamos creciendo, y tenemos todo lo que los demás pueblos tienen”.
En estos tiempos de desafíos y cambios, el renacer cultural de las comunidades otomíes se presenta como un claro recordatorio de la importancia de preservar las tradiciones y el lenguaje que dan vida a su identidad. La voz de este pueblo, inspirada por su historia y desafíos, demuestra que la cultura otomí sigue firme y clama por un lugar destacado en el panorama cultural de México.
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