En enero de 1889, Vincent van Gogh, tras una época de turbulencia personal, emergió con dos autorretratos que se han convertido en símbolos de su genio artístico y su lucha interna. Un mes después de mutilarse la oreja, produciendo una herida grave tras una discusión con su amigo Paul Gauguin, Van Gogh retrató su estado emocional y físico a través de un notable autorretrato en la Courtauld Gallery de Londres, en el que aparece con una prominente venda en la cabeza.
El otro autorretrato, que pertenece a una colección privada y ha sido mostrado esporádicamente en el Kunsthaus Zurich desde 1990, presenta a Van Gogh con una pipa en la boca, sobre un fondo vibrante de tonos rojos y naranjas. Esta elección de color no solo cautiva la mirada, sino que resalta aún más su mirada intensa y directa. Al igual que en el primer retrato, Van Gogh lleva un abrigo verde, un color complementario apasionante, que contrasta de manera armoniosa con el fondo cálido.
Tras ser dado de alta de un hospital en enero, Van Gogh se sumergió de nuevo en su trabajo, produciendo no solo estos autorretratos, sino también un still life, evidenciando que su talento no se había visto afectado por su crisis. Sus elecciones artísticas, en este contexto, revelan un intento valiente de reconciliarse con su dolor emocional. Decidió conscientemente mostrar su vendaje, un acto de aceptación y quizás de desafío a su destino.
La importancia de estos autorretratos no solo radica en su estética, sino en lo que simbolizan: una lucha personal que, a pesar de sus dimensiones oscuras, también exhibe una increíble fuerza creativa. Durante su estancia en Arles, donde llevó a cabo estas obras, Van Gogh compartiría su trabajo con su amigo más cercano, el cartero Joseph Roulin, y su médico Félix Rey, quienes habrían visto no solo un artista herido, sino uno que había mantenido vivo su ingenio.
Estos retratos se enviaron posteriormente a su hermano Theo, quien probablemente se hizo eco de la angustia y el amor fraternal, al mirar la representación explícita de su hermano herido. En el contexto de la vida de Van Gogh, el arte se volvía una forma de comunicación de su dolor y su lucha por la sanación.
De hecho, con el paso del tiempo, Van Gogh y sus obras lograron la atención que él tanto anhelaba. Tres años después de su muerte, en 1893, su autorretrato con la venda fue elegido para representar el arte del impresionismo en una exposición en París. Aunque en ese entonces su reconocimiento era limitado, su inclusión fue un presagio de la futura apreciación que su arte recibiría.
La historia de este autorretrato continúa a través de los años, incluyendo un episodio oscuro en el que fue saqueado por los nazis durante la ocupación de Francia en 1940. Tras ser oculto en un banco, fue recuperado en 1945 y, años más tarde, adquirido por un coleccionista americano que lo colocó en su apartamento. Este fascinante y tumultuoso viaje por diversas manos subraya no solo la importancia del autorretrato, sino su intrincada narración de pérdidas, redenciones y la saga del arte mismo.
Hoy, el autorretrato sigue siendo un bien preciado en el mundo del arte, una pieza que podría alcanzar un precio récord si alguna vez se pusiera a la venta, un testimonio viviente de la vida y la lucha de uno de los artistas más influyentes de la historia. Así, la obra de Van Gogh no solo destaca por su belleza, sino también por el profundo entendimiento de la condición humana que encarna.
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