En el bullicio cotidiano, la figura de José Azeite, un crítico literario y editor, se destaca mientras reflexiona sobre el estado actual de la cultura y la creatividad. Con cada movimiento en su silla, Azeite se debate entre la ansiedad y la necesidad de encontrar su voz en un mundo donde la imaginación parece haber perdido su rumbo. Se pregunta si realmente hemos llegado a un punto en que hablar de arte y poesía se siente más como un acto de frivolidad que como una celebración de la creatividad humana.
La preocupación de Azeite es palpable. Observa que lo que alguna vez fueron conversaciones fluidas sobre cine, música y literatura, ahora a menudo están teñidas por un aire de autocensura. ¿Cómo podemos gozar de un libro o una canción sin sentir la sombra de la culpa sobre nosotros? Con esta inquietud en mente, Azeite se enfoca en un tema candente: la adaptación cinematográfica de La Odisea que Christopher Nolan está preparando. Esta perspectiva regresa a la idea de qué constituye un “clásico” y cómo estos perduran en nuestra cultura.
Azeite recuerda las enseñanzas de su antiguo profesor de economía, Daniel Galindo, quien definía un clásico como aquella obra tan representativa que puede ser referida sin su título completo, como aludir a La riqueza de las naciones de Adam Smith o al Quijote sin mencionar su nombre completo. Un clásico se convierte en un hito en la cultura, una referencia cultural que todos comprenden. Esta idea resuena con una reflexión de Italo Calvino, quien sostiene que los clásicos son lecturas atesoradas y releyendas, libros que suscitamos al hablar de ellos, incluso si nunca hemos tenido la oportunidad de leerlos.
En su ensayo “¿Por qué leer a los clásicos?”, Calvino describe la naturaleza de estas obras como aquellas que trascienden el tiempo y el espacio, convirtiéndose en parte de la cultura general. Por ejemplo, todos sabemos quién es Batman o Frankenstein, incluso los que nunca han leído un cómic o la novela de Mary Shelley. Este legado cultural es similar al de La Odisea, cuyos ecos y referencias a la aventura están presentes en el lenguaje cotidiano, permitiendo que la obra de Homero siga viva en nuestra memoria colectiva.
Sin embargo, la reciente polémica sobre la elección de Lupita Nyong’o como Helena de Troya ha generado gran descontento. Azeite destaca cómo la belleza, históricamente vinculada a ciertos estereotipos, no debería ser objeto de un solo tipo de interpretación. La naturaleza de los clásicos, argumenta, reside en su capacidad de adaptarse y reflejar múltiples caras. Al igual que la historia de Odiseo, Helena puede encarnar muchas interpretaciones a través del tiempo.
La enseñanza es clara: los clásicos no son limitaciones, sino puertas abiertas a la diversidad de la experiencia humana. Cada adaptación y re-interpretación ofrece una nueva oportunidad para explorar la riqueza de estas obras, dando lugar a diálogos que pueden enriquecer nuestra comprensión cultural.
Mientras Azeite finalmente se siente más cómodo en su silla, concluye que “los clásicos no muerden, pero la soberbia de la ignorancia sí”. Esa es una verdad indiscutible en un mundo que, a pesar de sus desafíos, sigue ofreciendo vastas oportunidades de exploración y redescubrimiento. En este sentido, cada lector tiene el poder de hacer vivir a los clásicos a través de su propia interpretación y emocionalidad, reafirmando así la fuerza perdurable de la imaginación.
Este contexto Cultural se sitúa en el marco del 8 de febrero de 2026 y continúa siendo relevante en la actualidad, iluminando las constantes tensiones entre tradición, modernidad, y el valor del arte en la sociedad contemporánea.
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