La reciente reforma electoral propuesta por el gobierno de Claudia Sheinbaum ha desatado intensos debates en el panorama político mexicano. Este cambio legislativo parece tener un objetivo claro: cerrar cualquier posibilidad legal o política que permita a las fuerzas opositoras competir por el poder. Más que una cuestión de costos electorales, la reforma parece orientada a desmantelar las bases de lo que alguna vez fue la transición democrática en México, guiando al país de vuelta a un modelo de unipartidismo que se creía superado.
En este contexto, el nacionalismo revolucionario, ahora a cargo de Morena, se erige como el hilo conductor de esta estrategia. Los críticos de la representación proporcional, quien en su momento fue un mecanismo clave para que los opositores al entonces partido hegemónico desafiaran al sistema, parecen olvidar su importancia en la historia reciente. Este instrumento no solo garantizó la inclusión de diversas voces en el legislativo, sino que también permitió a la oposición consolidar su presencia en un entorno dominado por un solo partido.
Si el propósito de la reforma fuera realmente avanzar en la democratización, se podría considerar una modificación de los requisitos para los candidatos plurinominales o fomentar un financiamiento privado más transparente. Sin embargo, el enfoque parece estar más centrado en minimizar los recursos del Estado que en crear un sistema electoral que garantice la transparencia y rendición de cuentas. Las preocupaciones actuales sobre el gasto poco regulado de candidatos y partidos son news que deberían estar en el centro del debate.
Con un control consolidado en los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, la Cuarta Transformación (4T) busca perpetuar este modelo durante varias décadas, reminiscentes del presidencialismo priista que dominó buena parte del siglo XX. No obstante, el entorno internacional y las dinámicas de mercado actuales son significativamente diferentes de aquellos tiempos de Guerra Fría. Los regímenes autoritarios de hoy enfrentan una creciente inestabilidad, muchos de los cuales colapsan al no poder satisfacer las demandas sociales de sus ciudadanos.
El avance de esta reforma electoral no solo representa un retroceso en la alternancia política en México, sino también una consolidación del monopartidismo. La posibilidad de una oposición efectiva parece lejana, particularmente con los aliados de Morena, como el Partido Verde y el PT, buscando acuerdos que les permitan coexistir en un sistema donde la representación proporcional podría reducirse drásticamente.
Históricamente, las rupturas en el poder han surgido de disidencias internas. El caso de Cárdenas y Muñoz Ledo es un recordatorio de cómo las diferencias dentro de un partido pueden propiciar cambios significativos en el liderazgo. Sin embargo, actualmente, no se vislumbra una fractura dentro de Morena que pueda desafiar su hegemonía.
En resumen, la evolución del sistema político mexicano está en un momento crítico. La reforma impulsada por la 4T se percibe como un intento de restringir las libertades democráticas y consolidar un modelo que ya ha demostrado ser peligroso en otras partes del mundo. A medida que se inscribe este debate en la historia contemporánea, queda por ver cuándo y cómo los ciudadanos y la oposición podrán, si es que pueden, desafiar esta nueva realidad.
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