A casi 24 años del trágico atentado a las Torres Gemelas en Nueva York, la memoria de aquel día sigue fresca en la consciencia colectiva. El 11 de septiembre de 2001 marcó un antes y un después en la historia contemporánea, dejando una huella imborrable en el mundo y la vida de miles.
El fatídico evento tuvo lugar en el corazón financiero de Estados Unidos y quedó grabado en la memoria global como el día que todo cambió. A las 8:46 a.m., un avión impactó la Torre Norte del World Trade Center, seguido de otro choque 17 minutos después en la Torre Sur. En cuestión de dos horas, ambas estructuras colapsaron, llevando consigo miles de vidas.
La tragedia no se limitó a la sola pérdida de edificios emblemáticos; 15 mexicanos perecieron en el ataque, entre ellos, siete originarios del estado de Puebla. Estos nombres, como Alicia Acevedo Carranza, Antonio Javier Álvarez, Antonio Meléndez, Juan Romero Orozco, Leobardo López Pascual, Max Gómez y Víctor Antonio Martínez Pastrana, son recordados con dolor y reconocimiento. Provenían de localidades como Acatlán de Osorio, Ahuatempan, Teziutlán y Tlachichuca. Varios de ellos trabajaban en el restaurante “Windows of the World”, ubicado en el piso 107 de la Torre Uno.
Cada año, el 11 de septiembre se convierte en un momento de reflexión y recuerdo. A lo largo de las décadas, las memorias de aquellos que perdieron la vida y de quienes sobrevivieron han servido como un recordatorio de la fragilidad de la paz y la unidad. En este día, las heridas aún abiertas no solo rememoran la tragedia, sino que también instan a un futuro donde la compasión y el entendimiento prevalezcan.
La historia detrás de esos nombres es un testimonio del espíritu humano ante la adversidad. A medida que el mundo recuerda este evento, las lecciones que nos ha dejado son más relevantes que nunca.
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