La soberanía de un Estado se ha convertido en un concepto profundamente debatido, muchas veces utilizado como un recurso retórico más que como un principio aplicable en la práctica real. En la historia, este principio ha desencadenado conflictos bélicos donde el nacionalismo ha servido como el hilo conductor que une a los pueblos en la defensa de sus intereses contra aquellos que perciben como rivales.
En el caso de México, el nacionalismo ha sido una herramienta ideológica recurrente, especialmente durante la Revolución, cuando se utilizó para justificar regímenes autoritarios que se renovarían cada seis años. La cultura anglosajona, en particular la de los Estados Unidos, fue concebida como el antagonista a la identidad mexicana, en gran parte debido a invasiones militares y a la difusión de valores que se consideraban incompatibles con la tradición católica del país.
Años de convivencia, marcados por el Tratado de Libre Comercio, han llevado a un enfoque renovado sobre la soberanía, ahora entendida como limitada. No son solo los tratados internacionales los que restringen esta soberanía, sino la capacidad de cada nación para demostrar fuerza en un sistema internacional dominado por potencias, siendo Estados Unidos el actor más prominente, especialmente bajo la administración de Donald Trump.
En este contexto, la posición de México se torna precaria. Su capacidad de negociación frente a su poderoso vecino es casi inexistente, si consideramos factores como la migración y el crimen organizado, que reflejan una falta de control soberano en varias regiones del país. A pesar de los discursos en torno a la “dignidad nacional” y la resistencia a la subordinación, hay una realidad subyacente: la falta de poder militar y económico limita las acciones que México puede emprender.
La nueva liderazgo de Claudia Sheinbaum se enfrentará al desafío de recuperar una soberanía interna que permita mitigar los problemas relacionados con la migración y la corrupción, que a menudo entrelazan a políticos y criminales en un enredo de complicidades en diversos niveles de gobierno. Restaurar este poder perdido es fundamental para ofrecer una defensa efectiva frente a un imperio cuya dirección puede depender de decisiones arbitrarias de una sola persona.
Si el proyecto de la Cuarta Transformación fue considerado inviable en un entorno de mercados abiertos y democracias liberales, su viabilidad se ve aún más comprometida en un clima de retroceso autoritario que limita cualquier política que contradiga los intereses de Estados Unidos. Sin avances significativos en seguridad y sin una transformación clara en la política exterior, particularmente en relación con países como Cuba, Irán y Rusia, la tarea de renegociar el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) se presenta como un reto monumental para los negociadores mexicanos.
La soberanía, en este sentido, se convierte en un concepto en crisis, una noción que necesita redefinirse en un mundo donde los intereses económicos y políticos de las grandes potencias dominan la agenda global.
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