Stefan Zweig, fue un escritor enormemente popular, tanto en su faceta de ensayista y biógrafo como en la de novelista. Su capacidad narrativa, la pericia y la delicadeza en la descripción de los sentimientos y la elegancia de su estilo lo convierten en un narrador extraordinario.
No a todos les agradaba el éxito repentino del creador de novelas románticas. En el período de entreguerras, Zweig era el más traducido del mundo, sus obras copaban las listas de los más vendidos y hasta que fue prohibido por los nazis puso en circulación más de un millón de libros. La mofa de Hofmannsthal, que murió en 1929, llegó antes incluso de que pudiera ver algo que ahora está por fin a nuestra disposición. En 1932, Zweig empezó a escribir un cuaderno que bautizó como Hauptbuch (libro mayor) y que inauguraba un nuevo modelo de escritor, el escritor total.
Se trata de un cuaderno de polipiel negra de gran formato, 54 por 38 centímetros, 119 hojas con el lomo cosido, donde anotaba con precisión industrial el inventario de su producción literaria. Así controlaba a sus editores internacionales, las diferentes traducciones, la distribución, los derechos cinematográficos, las adaptaciones teatrales, los ingresos… Detallaba la conclusión de los contratos y los pagos, estos divididos a su vez en tres columnas (“declaración”, “fecha de vencimiento”, “definitivo”). En una de sus anotaciones, por ejemplo, registra que en Letonia circulaba una edición pirata de María Antonieta. No era un samizdat (copia clandestina de obras prohibidas), pues su obra no sufrió la censura estalinista ya que fue bien recibida en la URSS, donde Zweig viajó como conferenciante, tanto, que ese editor en Riga lo estaba publicando sin pagar los derechos.
“El Hauptbuch muestra que el despacho de Zweig se asemejaba más a una empresa que a la idea clásica del autor solitario en su escritorio”, dice la archivera Lina Maria Zangerl. “Había mucha gente implicada en la gestión y difusión de su obra, no solo editores y traductores, también lo estuvieron sus dos esposas y su secretaria, Anna Meingast. Sirve además de símbolo de la época, en la que el marketing literario jugó un papel cada vez más importante”.
El escritor exprimió como nadie los avances en comunicación de principios del siglo XX. Le importaba el impacto de la mercadotecnia y la promoción, e intentaba que las diferentes traducciones salieran a la venta de forma simultánea. Oliver Matuschek, autor de Las tres vidas de Stefan Zweig y que prepara un libro sobre el escritor austriaco, dice desde Berlín: “No sé de ningún otro autor de ese periodo que llevara un libro semejante. Pero, ¿quién tuvo tantas traducciones y ediciones diferentes de sus obras como él? Muchos autores dejaron la gestión de sus derechos en el extranjero a los editores. También su editor, Anton Kippenberg, de Insel Verlag, insistió en ello y no comprendía por qué Zweig no cambiaba de opinión”.
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