La historia de Tenochtitlan, núcleo de la antigua civilización mexica, se sumerge en un océano de mitos y relatos épicos que entrelazan lo divino con lo humano. Desde su mítica tierra natal, Aztlán, los mexicas emprendieron una travesía de 200 años, cargada de aventuras y desafíos, hasta erigir su ciudad en el Lago de Texcoco. En el corazón de este universo, se erguía un águila sobre un nopal, símbolo divino que, según los relatos, guió a su pueblo hacia el lugar donde florecería el imperio en el año 1325.
Tenochtitlan comenzó como un pequeño asentamiento, una isla en medio de un lago, y se transformó en una metrópoli majestuosa, con una extensión de 13.5 km² y una población de 250,000 habitantes. Su infraestructura, acompañada de un sistema de chinampas, fue obra de ingenieros que diseñaron una ciudad que deslumbró a los conquistadores españoles, quienes se encontraron con un paisaje que desbordaba en belleza y orden.
Conectada por calzadas que emergían del agua, esta urbe estaba dotada de un entramado complejo que permitía el acceso a tierra firme y facilitaba el transporte. Las calzadas, con puentes y compuertas, no solo servían para el tránsito de personas, sino también para regular el flujo de agua, una hazaña de ingeniería que demuestra el profundo entendimiento de los mexicas sobre su medio ambiente. Importantes rutas como las que llevaban a Iztapalapa y Tacuba eran arterias vitales de esta grandiosa ciudad.
El epicentro ceremonial, el Recinto Sagrado, albergaba 78 templos y, en su cúspide, se alzaba el Templo Mayor, un espacio dedicado a las divinidades mexicas, donde se llevaban a cabo celebraciones religiosas que reflejaban su cosmovisión. La ciudad era un microcosmos, dividido en cuatro parcialidades y 80 barrios, donde cada grupo compartía un lazo de parentesco y una deidad patronal.
Cada vivienda reflejaba la estratificación social, con casas de una planta en las chinampas para los plebeyos, mientras que la nobleza disfrutaba de lujosos palacios cuidados por un sistema político que privilegiaba la educación estructurada y especializada. Los nobles se formaban en el Calmécac, mientras que los comunes acudían al Telpochcalli, un sistema educativo que aseguraba la preparación de los futuros líderes y guerreros.
El bullicioso comercio de Tenochtitlan prosperaba en mercados como el de Tlatelolco, donde la diversidad de productos y servicios ofrecidos por los mercaderes era asombrosa: desde alimentos frescos hasta artesanías elaboradas, reflejando la riqueza cultural y económica de la civilización. La Triple Alianza con Texcoco y Tlacopan consolidó su poder, extendiéndose a través de 200,000 km² de territorio con 38 provincias tributarias.
Esta extraordinaria ciudad también debe su grandeza a su sofisticada tradición arquitectónica, que combinaba elementos astronómicos y religiosos. La disposición de sus edificios y templos, particularmente del Templo Mayor, permitía a los mexicas marcar eventos clave del calendario, asegurando una sincronización perfecta de sus actividades agrícolas y ceremoniales.
La historia de Tenochtitlan no solo es una oda a la resistencia y la creatividad de un pueblo, sino un testimonio de su legado, que persiste en la memoria cultural a través de los siglos. Los ecos de sus antiguos poetas reverberan aún, recordándonos que la grandeza de esta metrópoli no se apagará, como se refleja en sus versos: «¿Quién podrá sitiar Tenochtitlan? ¡México-Tenochtitlan subsiste!»
La información aquí presentada corresponde a la data original del 27 de julio de 2025, y la magnitud de Tenochtitlan resuena aun en la actualidad, recordándonos la fusión de arte, ciencia y espiritualidad de una de las civilizaciones más admiradas de la historia.
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