Quien razona siempre dice que la última contrarreloj de un Tour de Francia no sirve sino para pasar revista al cansancio con el que acaban los protagonistas, y exhibe la imagen de Wout van Aert, fresco como una lechuga en Saint Émilion, donde el belga ha ganado, manguita corta de veraneante en terraza al atardecer y un blanco bien frío en la copa, y la contrapone a la de Tadej Pogacar, acalorado como un plantón de la gendarmería condenado a vigilar un cruce al sol hora tras hora.
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Para quien sueña y no admite que el final del Tour deje ya todo escrito, y que no haya un capítulo más, please, la última contrarreloj es siempre un amuse bouche, un aperitivo, un prólogo del Tour siguiente, del ciclismo que viene, y del cansancio insolado de Pogacar entre los viñedos de Pomerol, Néac, Lussac y el Grand Château de Corbin Despagne, y la brisa que quema y molesta, su cara tan blanca invadida por el rojo gamba de los turistas ingleses que no saben lo que es el sol y solo beben pintas en las terrazas sin sombrilla.
Solo pueden concluir que el esloveno demoledor es humano porque se cansa, como Dios, quien también se tomó un día de descanso durante su creación. Cuando la naturaleza se mezcla, se rebela y delata que nadie, ni Pogacar, es un robot, aunque lo parezca, ni los datos, los vatios, la posición y el sentido del relieve de los tejidos no vale más que para consolarse, para pensar que podría haber ido peor.
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El esloveno, que suele clavar sus vatios sobre los de su compañero de habitación Mikkel Bjerg con un pequeño tanto por ciento de mejora, no solo no ganó ni terminó entre los tres primeros tras los 30,8 kilómetros de saturación de majuelos, sino que acabó octavo, 5s más lento que su referencia Bjerg.
“Así de cansado acabé”, dice, “de un Tour en el que desde la primera etapa se ha corrido a tope todos los días”. Y ni siquiera su mítica flexibilidad de pelvis que le permite doblarse y no forzar los isquios en los momentos de máxima velocidad, marca la diferencia. Hay una generación de especialistas en el doblez de su cuerpo, modelo Castroviejo, que, desde detrás de las altas vallas, muchas veces solo se ve pasar un casco aplanado contra el suelo, reptando como platijas en el fondo arenoso del mar.


