La figura de Nicolás Maduro ha cobrado un protagonismo inesperado, posicionándose como un catalizador para el presidente Donald Trump, quien parece haberse convencido de que su papel es el de un nuevo conquistador en el continente americano. Esa percepción podría llevar a Trump a tomar decisiones audaces, incluso negociando aspectos geoestratégicos como Ucrania por Groenlandia, con el objetivo de calmar las inquietudes europeas de manera casi transaccional.
Esta relación simbiótica entre la Casa Blanca y los conflictos internacionales plantea diversas interrogantes. ¿Qué incentivos reales tendría América para apoyar a Ucrania mientras desmantela los lazos con sus aliados europeos? El chantaje parece evidente: presionar a Europa con la amenaza de que sin Groenlandia no habrá paz en Ucrania.
Bajo este contexto, la ausencia de un poder metaconstitucional que limite los impulsos de Trump es notoria. Además, no existe un organismo multilateral que frene sus propuestas, lo que demuestra que su enfoque hacia las relaciones internacionales está más alineado con las tendencias virales de las redes sociales que con el respeto por la diplomacia tradicional. Esta inclinación se reafirmó el día en que sugirió crear su propio consejo de seguridad en la ONU, denominado “Junta de la Paz”, donde habría un costo de admisión de mil millones de dólares.
En este nuevo orden planteado por Trump, figuras como Vladimir Putin y Alexander Lukashenko podrían encontrar un lugar privilegiado, junto a líderes de Medio Oriente dispuestos a unirse a este club exclusivo. La visión de un entorno geopolítico donde la política internacional se rige por aranceles y misiles se vuelve más palpable, y se acentúa el desdén compartido hacia Europa.
Los viejos paradigmas de poder blando sufren un revés: la teoría de que un país con un McDonald’s no entraría en conflicto bélico con Estados Unidos puede quedar obsoleta. Parece que la oferta de un hotel o la edificación de una Trump Tower podría ser la nueva clave para evitar guerras.
La alianza de la OTAN se enfrenta a dilemas sin precedentes. El artículo 5 —que estipula la defensa mutua— está en un estado de incertidumbre ante las propuestas cada vez más audaces del presidente estadounidense. La posibilidad de una intervención militar en Groenlandia podría ser interpretada como un acto de guerra, exacerbando las tensiones geopolíticas.
La población de Groenlandia, aunque escasa, simboliza un conflicto que trasciende la logística; se trata de un desafío político que podría desmantelar la OTAN y reconfigurar las alianzas europeas. Un cambio de este tipo implicaría que Estados Unidos, en lugar de ser un baluarte de la democracia, podría convertirse en un estado hostil al derecho internacional, transformándose en un “estado canalla”.
Revelar conversaciones privadas con líderes europeos ha minado la confianza en el liderazgo estadounidense, un golpe a la diplomacia que recuerda a tramas de series como “Los Soprano” y “El Juego del Calamar”. Si Trump cruzara una “línea roja” hacia Groenlandia, el orden mundial basado en reglas podría desmoronarse.
La dinámica actual refleja un momento crítico en la política internacional; la incertidumbre que rodea las decisiones de Trump podría, en última instancia, redefinir las relaciones entre Estados Unidos y Europa hacia un futuro incierto.
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