Cuando la reverencia por la ley se desmorona, emerge un tipo específico de líder: el ambicioso que busca la distinción a toda costa. Esta figura, según se señala, no duda en perseguir la fama incluso si eso significa sacrificar valores fundamentales, como el de la libertad. La historia nos advierte que, cuando la gloria de construir ya ha sido atribuida a otros, la ambición puede transformarse en un deseo destructivo. Estos líderes no buscan edificar, sino derribar, utilizando cualquier medio necesario para alcanzar su objetivo.
La conducta de ciertos líderes contemporáneos refleja esta realidad. El desprecio por el marco legal que muestran no es una cuestión ocasional, sino un pilar central de su accionar. Las cortes solo tienen relevancia cuando funcionan a su favor, y lo que se interpreta como rendición de cuentas se convierte en una caricatura de persecución. En su lugar, la lealtad se prioriza sobre la legalidad, y los impulsos personales reemplazan al juicio ponderado. Este fenómeno, lejos de ser accidental, se convierte en una herramienta válida, legitimada y excusada, que, al final, alimenta la descomposición del tejido democrático y abre la puerta a una posible tiranía.
El remedio que se propone ante esta situación no implica la llegada de líderes carismáticos o salvadores heroicos. En lugar de ello, se resalta la necesidad de una simple pero firme reverencia por las leyes. Este concepto se eleva a la categoría de “religión política,” destacando que, aunque existan leyes malas que deberían ser derrogadas, mientras estén vigentes, deben seguirse. Desobedecer estas normas no es un acto de libertad, sino un paso hacia la anarquía. La historia nos enseña que ceder ante la ley de la mobocracia solo puede llevar a una erosión del orden y la estabilidad, dando paso a la tiranía.
Así, nos encontramos en una encrucijada crucial. La historia, con sus ciclos de gobierno y liderazgo, nos recuerda que el respeto por el estado de derecho es fundamental para la salud de nuestra república. Visto desde esta perspectiva, el futuro depende de cómo respondamos a estos desafíos, reafirmando nuestro compromiso con las leyes que nos rigen. La clave podría residir en volver a colocar la reverencia por la ley en el centro de nuestra vida política y cívica, evitando que la ambición desmedida y la desconfianza en el sistema legal desdibujen los fundamentos de nuestra sociedad.
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