En el contexto actual, donde los sistemas agroalimentarios son desafiados por transformaciones climáticas, regulaciones diversas y cambios productivos, los países de Centroamérica enfrentan la imperiosa necesidad de adaptarse. La circularidad alimentaria surge como una estrategia clave para armonizar objetivos de sostenibilidad, competitividad y comercio internacional.
Durante las dos últimas décadas, los acuerdos comerciales han servido como palanca para el desarrollo en esta región, permitiendo la apertura hacia mercados globales y la modernización del sector agroalimentario. Sin embargo, este avance ha traído consigo efectos colaterales, como la dependencia de insumos importados, la sobreexplotación de los suelos, la escasez de agua y cadenas de valor que excluyen a los pequeños productores. Estos efectos son cada vez más evidentes, mientras la comunidad internacional y la Organización Mundial del Comercio (OMC) demandan un equilibrio necesario entre crecimiento económico, sostenibilidad ambiental y justicia social. La crisis climática, caracterizada por sequías, inundaciones y migración rural, agrava aún más la situación, planteando la siguiente pregunta crítica: ¿cómo reinventar los sistemas alimentarios en Centroamérica sin comprometer su integración comercial?
Los sistemas alimentarios circulares tienen un objetivo claro: cerrar ciclos de nutrientes y energía, reducir pérdidas, revalorizar residuos y regenerar los ecosistemas locales. Este modelo va más allá del tradicional enfoque lineal de producir, exportar, consumir y desechar, promoviendo así la resiliencia territorial y un valor agregado regenerativo. Sin embargo, muchos acuerdos comerciales continúan favoreciendo economías de escala y prácticas de exportaciones primarias, sin hacer hincapié en la importancia de prácticas circulares. Elementos como las normas sanitarias, subsidios y criterios de acceso tienden a preferir modelos productivos centralizados, dejando a un lado las iniciativas sostenibles de pequeñas y medianas empresas.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) señala que un 11.6% de los alimentos producidos en América Latina son desperdiciados, mientras cantidades significativas de residuos agrícolas quedan sin aprovechar. En Centroamérica, esta pérdida de alimentos representa una valiosa oportunidad, ya que esos excedentes podrían convertirse en insumos para biofertilizantes, alimentación animal u otras cadenas productivas con características locales.
No obstante, las empresas privadas enfrentan desafíos significativos frente a barreras técnicas que obstaculizan la entrada de productos diferenciados, especialmente aquellos producidos con prácticas regenerativas. En este contexto, Europa avanza hacia regulaciones sobre deforestación y etiquetado ambiental que podrían excluir del mercado a quienes no se adapten a estos estándares. Centroamérica corre el riesgo de quedar rezagada entre acuerdos comerciales caducos y mercados cada vez más sofisticados.
Adaptarse a la circularidad alimentaria no implica renunciar al comercio internacional, sino más bien replantear sus fundamentos, integrando criterios de economía circular en futuras negociaciones. Existen ya fincas, cooperativas y redes locales que, aun desde las sombras, están abrazando modelos de producción más equitativos y sostenibles. Quizás el verdadero desarrollo no debería medirse únicamente en toneladas exportadas, sino en ciclos que se cierran sin comprometer los vínculos comunitarios y la biodiversidad que sustentan la vida.
Al considerar el futuro de los sistemas agroalimentarios en Centroamérica, es crucial entender que la duplicidad entre sostenibilidad y competitividad no es solo posible, sino esencial. Con las herramientas adecuadas y un enfoque renovado, la región puede abrazar un camino hacia un futuro alimentario más justo y resiliente.
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