En el vibrante y extravagante mundo del arte contemporáneo, surge una nueva comedia que promete causar revuelo y risas. La trama se centra en Polina Polinski, interpretada por Natalie Portman, una galerista que se encuentra al borde de la quiebra. En un intento de salvar su carrera, se arriesga al organizar una exposición de un solo artista en la prestigiosa Art Basel Miami Beach. Todo se complica con la trágica y cómica muerte accidental de Dalton Hardberry, un influyente personaje del mundo del arte, interpretado por Zach Galifianakis. Su fallecimiento se convierte en el giro inesperado que transformará el destino de Polina.
A medida que la narrativa avanza, Polina y su asistente Kiki, representada por Jenna Ortega, idean un plan disparatado para engañar a los clientes adinerados, haciéndoles creer que el cuerpo de Dalton, sobre el que resulta estar impalado, es parte de una polémica escultura titulada “The Emasculator”. Esta maniobra inicia una serie de eventos que, aunque potencialmente catastróficos, se desarrollan con un humor que recuerda las comedias clásicas del screwball.
Detrás de esta obra está Cathy Yan, conocida por su trabajo en “Birds of Prey”, quien se aventura en un nuevo género con una propuesta que, aunque entretenida, presenta ciertas debilidades, especialmente en la profundidad de sus personajes. Aunque el elenco es sólido y las actuaciones son memorables, algunos críticos destacan que el guion no siempre refleja la complejidad del mundo del arte que intenta satirizar.
Los espectadores familiarizados con el sector podrían disfrutar de la representación astuta del ambiente artístico, pero también pueden quedarse frustrados por algunas decisiones narrativas poco plausibles, como la idea de una subasta espontánea en una galería durante la inauguración. Por otro lado, los que no están tan inmersos en este ámbito podrían perderse entre términos especializados que se utilizan sin una adecuada explicación.
Visualmente, la película se presenta como un festín: la cinematografía es brillante y dinámica, aunque algunos críticos sugieren que se queda en la superficie, careciendo de una conexión más emocional con el arte en sí. Polina es presentada como una apasionada del arte, pero sus acciones y diálogos no siempre logran transmitir esa pasión de manera convincente, lo que puede llevar a cuestionar la autenticidad de su carácter.
A lo largo de la trama, la única figura que muestra una genuina conexión con su obra es Stella Burgess, la artista que representa Polina. Su resistencia a ser reducida a un mero espectáculo artístico refleja una crítica subyacente a la superficialidad que a menudo reina en el mundo del arte. A través de su personaje, se plantea un dilema importante sobre la integridad artística y la comercialización.
A medida que avanza la historia, las revelaciones sobre el destino de los personajes ofrecen una mezcla de cambios superficiales y una falta de evolución profunda. A pesar de ello, el desenlace presenta un inesperado giro que puede cambiar las percepciones de los personajes y del valor del arte que representan.
Más allá de sus fallos, la comedia se presenta como una crítica entretenida del absurdo y la locura del mundo del arte contemporáneo. Alietando el camino hacia una victoria femenina en un entorno predominantemente masculino, las protagonistas luchan no solo por su éxito, sino también por su voz en una industria a menudo dominada por hombres.
Las complicadas dinámicas del poder y del arte se entrelazan en un relato que, aunque ligero y divertido, invita a la reflexión sobre los valores y la autenticidad en la creación artística.
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