En la narrativa contemporánea sobre América Latina, una idea resuena con frecuencia: la región posee un vasto potencial. Sin embargo, es crucial avanzar más allá de esta noción, puesto que América Latina enfrenta la imperiosa necesidad de integrarse de manera más efectiva dentro de las Américas. En un entorno internacional caracterizado por un nuevo orden económico y comercial, la fragmentación comercial y la reconfiguración de las cadenas productivas, la integración regional se erige como un reto estratégico que no puede ignorarse.
Este contexto fue evidente durante la XII Cumbre Empresarial de la Alianza del Pacífico (CEAP) celebrada en Bogotá en enero de 2026, donde se formalizó el traspaso de la Presidencia pro tempore del CAP a México, bajo la dirección de Sergio E. Contreras, Presidente Ejecutivo del Consejo Empresarial Mexicano de Comercio Exterior, Inversión y Tecnología (COMCE). La integración regional, en este sentido, emergió como el eje central para fortalecer la competitividad económica de los países involucrados.
La Alianza del Pacífico, integrada por Chile, Colombia, México y Perú, representa un bloque de 237 millones de personas, abarcando aproximadamente el 40% del PIB de América Latina. Este alcance resulta crucial; mercados más amplios tienden a reducir costos, a fortalecer las cadenas regionales de valor y a facilitar la inclusión de más empresas, especialmente pequeñas y medianas, en los flujos de exportación.
Además, la liberalización arancelaria promovida por esta alianza ha creado un entorno de certidumbre, destacando su importancia en un panorama global incierto. Para los empresarios mexicanos, las preferencias arancelarias y las disciplinas modernas que ofrece este marco permiten una planificación de inversiones y expansiones con una visión a largo plazo.
Los diálogos impulsados desde el ámbito financiero y de desarrollo han ampliado la conversación más allá de la mera transacción comercial. La agenda establecida por la CAF y la Alianza del Pacífico se centra en elementos clave que determinan la competitividad actual, tales como el crecimiento económico, la infraestructura, la inteligencia artificial y el comercio. Este enfoque integral es fundamental: una región integrada no solamente cierra sus puertas al mundo, sino que se convierte en un destino más atractivo para el capital, al ofrecer condiciones de logística eficientes y compatibilidad regulatoria.
El papel de México es especialmente significativo, dado que el comercio exterior representa un pilar esencial de la economía del país. En 2025, las exportaciones mexicanas alcanzaron los 664,837 millones de dólares, registrando un crecimiento del 7.6% en comparación con 2024. Estas cifras subrayan que la diversificación regional no es solo un discurso, sino una prioridad estratégica para expandir mercados y mitigar vulnerabilidades.
A pesar de estos avances, América Latina enfrenta un reto estructural en términos de comercio intrarregional. Según estimaciones de The Economist, solo un 15% de las exportaciones de la región se dirigen a otros países latinoamericanos, lo que revela un considerable margen de mejora en términos de conexiones económicas y productivas.
Desde COMCE se sostiene una convicción profunda: la conexión entre empresas, la alineación de estándares y el fortalecimiento de cadenas de suministro son elementos esenciales para el crecimiento integrado de América Latina. La región no debe seguir viéndose como una promesa distante; debe avanzar hacia una integración concreta y efectiva, operando como una entidad competitiva y coherente en el ámbito global. La integración profunda no es solo deseable; es una necesidad imperiosa para el desarrollo sostenido de la región.
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