La reciente operación estadounidense en Venezuela se presenta como un acontecimiento sin analogías obvias. No es comparable a la invasión de Panamá en 1989 o la intervención en Granada en 1983; tampoco evoca la fallida reconstrucción de Irak tras la guerra de 2003. En cambio, lo que ocurre en Venezuela ahora ocurre en un contexto internacional y local radicalmente diferente, donde las reglas tradicionales parecen desvanecerse.
El diagnóstico sobre Venezuela debe ser cuidadoso. No observamos un régimen recién consolidado ni un sistema que, pese a la disidencia, funcione adecuadamente. La actual administración de Nicolás Maduro se encuentra en una situación crítica, tras haber perdido contundentemente las últimas elecciones ante la oposición liderada por María Corina Machado. Esta pérdida, reconocida tanto a nivel nacional como internacional, ha dejado al gobierno en un estado de erosión acelerada y ha alimentado un cambio palpable en las expectativas de la población.
La reciente detención de Maduro y su esposa, Cilia Flores, ha despertado reacciones diversas; en vídeos informales de las calles venezolanas se percibe desde alivio hasta incredulidad ante el desenlace de un ciclo aparentemente agotado.
Sin embargo, lo que distingue esta operación es la decisión de Washington de evitar un enfoque político en sus justificaciones. La intervención no se enmarca como un esfuerzo para restaurar la democracia o corregir un fraude electoral, sino que está fundamentada en alegaciones criminales. Maduro y Flores son considerados no como líderes en funciones, sino como prófugos acusados de delitos federales, según un indictment que data de 2020 y que ha sido actualizado para incluir serias imputaciones relacionadas con narcotráfico.
Este desplazamiento de enfoque tiene profundas implicaciones. La intervención se justifica a partir del ámbito del derecho penal estadounidense, desdibujando la línea entre soberanía y jurisdicción penal. Mientras que el derecho internacional ha sido un pilar en las relaciones internacionales, su relevancia está siendo cuestionada, relegándola a un papel subsidiario en las grandes decisiones estratégicas.
Las reacciones internacionales han sido variadas. Rusia ha condenado de inmediato la acción, insistiendo en el respeto a la soberanía de Venezuela, mientras que el liderazgo latinoamericano, como el de Lula da Silva, ha expresado su oposición a las intervenciones externas sin la capacidad de alterar el estado de las cosas. Desde Asia, las reacciones han sido mínimas, y China ha mostrado una posición cautelosa, priorizando sus propios intereses estratégicos.
La respuesta de Europa ha sido de moderación, con un llamado al respeto del marco normativo internacional y a la contención. Sin embargo, la capacidad de la Unión Europea para influir en decisiones de este tipo es cada vez más limitada, lo que pone de manifiesto cómo el contexto global ha cambiado.
Un punto a destacar es el rol de Marco Rubio en este contexto, consciente de que esta intervención formaría parte de una agenda hemisférica que ve a América Latina como área de interés directo de Estados Unidos. La presión sobre regímenes adversos refuerza no solo su posicionamiento interno, sino también la posibilidad de un cambio inmediato en las dinámicas de poder en la región.
Venezuela no representa un caso aislado. Es un indicativo de un nuevo paradigma donde el orden jurídico internacional pierde su carácter central y se convierte en un instrumento al servicio de intereses estratégicos. Las grandes potencias buscan una nueva forma de ejercer su influencia, sin atenerse a normas normativas universales, lo que deja a la comunidad internacional ante un futuro incierto, donde el derecho sigue siendo esencial, pero ya no arbitra las relaciones de poder de la misma manera que solía hacerlo.
En este mundo emergente, la situación venezolana se convierte en una prueba de fuego, poniendo de manifiesto cómo los actores globales están redefiniendo sus estrategias y cómo el poder se reconfigura en un escenario que, hasta hace poco, parecía más ordenado y predecible.
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