Por Teodoro Lavín León
En el gobierno de Morelos, la comunicación social atraviesa uno de sus peores momentos. No se trata sólo de una cuestión estética o de estilo, sino de una falla estructural que afecta directamente el derecho ciudadano a estar informado. Hoy, la estrategia oficial parece reducirse a publicar mensajes en redes sociales, como si eso bastara para cumplir con la obligación constitucional de informar con claridad, profundidad y veracidad. No basta. Y no es casualidad que la percepción pública sobre el gobierno sea cada vez más crítica.
Las redes sociales son herramientas útiles, sin duda. Permiten rapidez, interacción y alcance inmediato. Pero también son espacios volátiles, saturados de información, desinformación y polarización. Cuando un gobierno basa casi toda su estrategia de comunicación en Facebook, X o Instagram, corre el riesgo de hablar sólo con quienes ya lo siguen, de perder matices y de trivializar asuntos públicos complejos en mensajes de 280 caracteres o en videos de 30 segundos.
En Morelos, esta práctica ha generado una comunicación superficial, reactiva y, en muchos casos, propagandística. Se privilegia la imagen sobre el contenido, el anuncio sobre la explicación, el impacto visual sobre la rendición de cuentas. No hay contexto, no hay profundidad, no hay seguimiento. La comunicación social no puede ser sólo una galería de fotos de funcionarios inaugurando obras o participando en eventos. Tampoco puede reducirse a slogans o frases motivacionales cuando la ciudadanía exige información concreta sobre seguridad, salud, educación, economía y justicia.
El problema de fondo es que se ha confundido comunicar con publicar. Comunicar implica explicar, dialogar, escuchar, contrastar y, sobre todo, rendir cuentas. Publicar, en cambio, es sólo emitir mensajes unilaterales, sin garantía de que sean comprendidos, creídos o siquiera vistos por quienes no están en redes o no siguen las cuentas oficiales.
Aquí es donde entran los medios escritos y hablados, que han sido injustamente relegados por la actual estrategia de comunicación. La prensa escrita, la radio y la televisión siguen siendo pilares fundamentales para informar a amplios sectores de la población. En Morelos, miles de personas —especialmente adultos mayores, comunidades rurales y sectores populares— no tienen acceso constante a internet, o simplemente no usan redes sociales como fuente principal de información. Para ellos, el periódico local, la estación de radio comunitaria o el noticiero regional siguen siendo la vía más confiable para enterarse de lo que ocurre en su estado.
Además, los medios tradicionales ofrecen algo que las redes sociales no garantizan: análisis, contexto, contraste de versiones y seguimiento a los temas. Un reportaje, una entrevista o una columna permiten profundizar, cuestionar y dar continuidad a los asuntos públicos. No se trata sólo de informar que se inauguró una obra, sino de explicar cuánto costó, cómo se financió, quién la ejecutó, en qué plazo, qué impacto tendrá y qué problemas persisten. Eso no cabe en una publicación de Instagram, pero sí en una nota periodística o un programa de radio.
La actual comunicación social del gobierno de Morelos también ha mostrado una preocupante cerrazón hacia la crítica. En lugar de ver a los medios como aliados en la construcción de una sociedad informada, se les percibe como adversarios. Se limita el acceso a la información, se reducen entrevistas, se condiciona la publicidad oficial y se privilegia la narrativa oficial por encima del debate público. Esta actitud no sólo debilita a los medios, sino que empobrece la democracia.
Un gobierno que se comunica sólo consigo mismo, que habla sin escuchar, que informa sin explicar y que responde con propaganda en lugar de argumentos, termina perdiendo credibilidad. Y sin credibilidad, ningún mensaje —por más difundido que esté en redes— logra convencer.
Es necesario replantear de fondo la política de comunicación social en Morelos. No se trata de abandonar las redes sociales, sino de integrarlas en una estrategia más amplia, profesional y ética. Una estrategia que reconozca el valor de los medios escritos y hablados, que fortalezca la relación con periodistas, que garantice el acceso a la información pública y que entienda la comunicación como un servicio a la ciudadanía, no como un instrumento de autopromoción.
La comunicación social debe volver a su esencia e informar con claridad, oportunidad y veracidad; explicar las decisiones públicas; rendir cuentas; y generar confianza. Para lograrlo, se requiere inversión, capacitación, apertura y, sobre todo, voluntad política. No basta con tener community managers hábiles; se necesitan comunicadores públicos, periodistas, analistas y voceros con capacidad de diálogo, argumentación y sensibilidad social.
Morelos merece una comunicación gubernamental a la altura de sus problemas y de su gente. Una comunicación que no se limite a likes, reproducciones o tendencias, sino que construya ciudadanía, fortalezca la democracia y contribuya a una sociedad más informada, crítica y participativa.
Porque gobernar no es sólo administrar recursos o tomar decisiones. Gobernar también es comunicar. Y comunicar bien no es publicar más, sino informar mejor. ¿No cree usted?



Tiene toda la razón el
Punto de vista expuesto, quienes no seguimos redes sociales estamos desinformados de las acciones del gobierno, los medios “tradicionales” como periódicos y revistas, están sujetos a revisión de la veracidad en sus contenidos y no así las redes sociales.