Por Teodoro Lavín León
En medio de la crisis que atraviesa la universidad, las reuniones entre la rectoría y los estudiantes han comenzado a perfilarse como una posible ruta de acuerdo. Al parecer las clases se iniciarían el proximo día 13. Sin embargo, detrás de estos encuentros —que buscan reconstruir el diálogo— persisten sombras que no pueden ni deben ignorarse. Porque si algo ha quedado claro en este conflicto, es que no todo lo que ha debilitado a la institución viene de fuera, mucho del daño lamentablemente, se gestó desde adentro.
Hoy se intenta construir una narrativa en la que los errores se diluyen, en la que las culpas se reparten de manera conveniente y en la que los verdaderos responsables buscan pasar desapercibidos. Pero la comunidad universitaria no es ingenua. Sabe que dentro de la propia estructura hubo decisiones, omisiones y, peor aún, acciones deliberadas que terminaron por agravar el conflicto.
Se habla, cada vez con más insistencia, de la actuación de ciertos personajes clave: una pareja de abogados con influencia en un pequeño grupo de alumnos, un secretario de la institución y un funcionario de alto nivel en la administración. Nombres que, sin necesidad de ser repetidos constantemente, resuenan en los pasillos universitarios como parte del problema de quienes, teniendo la responsabilidad de cuidar la estabilidad institucional, optaron por actuar en función de intereses propios o de grupo.
No es menor la acusación que circula en distintos sectores, la de una traición desde adentro. Traición entendida no necesariamente como un acto aislado, sino como una serie de decisiones que debilitaron la capacidad de respuesta de la rectoría, que enturbiaron la comunicación con los estudiantes y que terminaron por escalar un conflicto que pudo haberse atendido a tiempo.
Lo más preocupante no es sólo lo que ocurrió, sino lo que sigue ocurriendo. Lejos de asumir responsabilidades, algunos de estos actores continúan en una lógica de confrontación, intentando desviar la atención, señalando culpables externos y construyendo coartadas políticas. Se culpa a terceros, se habla de intereses ajenos, se insiste en teorías que buscan justificar lo injustificable.
En este contexto, las reuniones entre rectoría y estudiantes siguen adelante buscando la solución evitando convertirse en el riesgo de convertirse en simples ejercicios de simulación. El sentarse a la mesa, escuchar demandas y proyectar soluciones. Es indispensable reconocer qué salió mal, quién tomó decisiones equivocadas y por qué se permitió que el conflicto llegara al punto en el que hoy se encuentra. A ello se suma la ineficacia de ciertos órganos colegiados, otro elemento que ha generado molestia dentro de la comunidad. Particularmente, la figura de un consejero que, lejos de contribuir a la solución del conflicto, ha sido percibido como irrelevante o incluso como un obstáculo en momentos en los que se espera liderazgo, claridad y compromiso. Cuando eso no ocurre, la ausencia pesa tanto como el error.
La deslealtad no puede permitirse y seguir atrapada en dinámicas de intriga interna, de disputas de poder y de juegos políticos que poco tienen que ver con su verdadera misión. Cada día que pasa sin una solución real es un día perdido para miles de estudiantes, docentes y trabajadores que ven cómo su institución se desgasta, la ventaja es que ya se ve cada vez mas clara la fecha del regreso a clases.
Los acuerdos, aunque complejos, son claros, requiere de transparencia, responsabilidad y decisiones firmes. No puede haber reconstrucción sin verdad. No puede haber confianza sin consecuencias. Y no puede haber futuro si quienes contribuyeron al problema siguen ocupando espacios de poder sin rendir cuentas. Este no es un asunto menor ni pasajero. Es una crisis que pone a prueba la integridad de la institución y la madurez de quienes la dirigen. Y, en ese sentido, la historia será implacable, porque al final, más allá de discursos y reuniones, quedará claro quién estuvo a la altura del desafío.
La comunidad universitaria merece respuestas, sobre acuerdos basados en la honestidad. ¿No cree usted?


