A partir de la década de los setenta, el cine de terror experimentó una notable transformación. De los relatos góticos y sobrenaturales con vampiros y espectros, se pasó a tramas más cercanas a la realidad, ambientadas en los bosques, suburbios y hogares de clase media, donde acechaba un nuevo tipo de amenaza: el psicópata humano. Esta evolución marcó una ruptura radical en la forma de abordar el horror, pues ya no provenía de fuerzas externas, sino que se anidaba dentro de la familia y la comunidad, espacios tradicionalmente considerados seguros.
El subgénero del slasher emergió como un reflejo del miedo de la sociedad ante la liberación sexual y la contracultura. Las narrativas frecuentemente invertían los cánones de los cuentos de hadas, donde las víctimas eran adolescentes desprevenidos, y el monstruo se perpetuaba como una presencia casi inmortal, asociando el sexo y el consumo de drogas con un destino trágico, en línea con las tensiones culturales del momento.
Una perspectiva reveladora fue aportada por el análisis de Carol J. Clover en 1992, quien argumentó que, a pesar de la misoginia presente, el subgénero a menudo reivindicaba la figura femenina. Las heroínas, como Laurie Strode en “Halloween”, desafiaban y derrotaban al villano, subvirtiendo los roles de género tradicionales. Clover sugirió que la atracción hacia estas películas no residía en su calidad narrativa, sino en su uso como un vehículo de redención para quienes se sentían marginados.
Esta subversión de los géneros ha sido continuamente explorada por cineastas contemporáneos. Desde Wes Craven en su icónica saga “Scream” hasta nuevos talentos como Jordan Peele y Nia DaCosta, el género de terror ha ampliado su alcance para cuestionar el racismo, la misoginia y la opresión patriarcal, convirtiéndose en un medio para confrontar la ideología dominante.
Jane Schoenbrun ha emergido como una figura vanguardista en este contexto. En sus obras recientes, como “Vi el brillo del televisor” (2024) y “Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma” (2026), ofrece una relectura de las narrativas fílmicas y de las identidades de género. Estas películas, enraizadas en un discurso mediatizado ficticio, no constituyen meras nostalgias, sino innovadoras reflexiones sobre los ritos de paso contemporáneos.
“Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma” aborda de manera crítica la franquicia slasher de los ochenta, cuestionando su esencia y proponiendo transformaciones que desenmascaran lo que podía considerarse transfóbico. Aquí, la intertextualidad juega un papel crucial, al entrelazar referencias a clásicos del género que van desde “Halloween” hasta “Pesadilla en Elm Street”, aportando una rica capa de significado a la experiencia cinematográfica.
Los personajes de Schoenbrun enfrentan un mundo donde la ficción y la realidad a menudo se entrelazan. A medida que exploran sus identidades, la violencia en estas historias se torna catártica, conduciendo a un desenlace que, en lugar de perpetuar la tragedia, ofrece una resolución luminosa y de redención. Este cambio en la narrativa, que encuentra en la sangre un simbolismo vital, rompe con las convenciones del género y enfrenta la disforia personal de sus protagonistas.
Así, el cine de Schoenbrun no solo busca fascinar, sino también proporcionar un espejo donde se reflejan los conflictos de identidad y la búsqueda de aceptación en una sociedad que a menudo es excluyente. En este sentido, su obra promete ser un cambio refrescante y una celebración del potencial subversivo que el terror ha tenido siempre.
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