Una de las contradicciones más reveladoras de los gobiernos autoritarios es la efímera duración del poder que acumulan. A pesar de su incesante búsqueda de control, la autoridad de un líder se disipa rápidamente una vez que deja el cargo. En este contexto, el modelo de presidencialismo absoluto forjado durante la era del PRI revitalizado por López Obrador presenta un desafío. El mandatario ha pasado por alto una regla crucial: el poder es temporal y se pierde al finalizar el mandato.
La coexistencia de un presidente saliente y un entrante depende de una aceptación implícita: el saliente debe reconocer que su influencia ha terminado. Esta dinámica, sin embargo, parece eludir la comprensión de AMLO, generando lo que se ha denominado “poder dual,” una situación que propicia el desorden tanto en la gestión gubernamental diaria como en las luchas internas por posiciones clave.
En este vacío de poder se manifiestan numerosas complicaciones. La ambigüedad de la presidenta Claudia Sheinbaum sobre los candidatos a gobernadores de Morena, junto con su inacción en relación a la connivencia entre el crimen organizado y su partido, subraya esta crisis. Adicionalmente, se observan expresiones de violencia dentro de la Cuarta Transformación, como la reciente manifestación antisemita en Polanco, que se inscribe en un contexto social más amplio que incluye la polarización de posturas en torno al conflicto entre Israel y Palestina. Esta radicalización del discurso no es un hecho aislado, sino una consecuencia directa de las continuas descalificaciones dirigidas a quienes critican al gobierno, cuyo eco proviene no solo de las redes sociales, sino también de la complicidad de ciertos sectores oficiales.
La evolución del discurso en la Cuarta Transformación sugiere un giro preocupante, de un antisionismo que niega los derechos de los judíos a un Estado propio hacia un antisemitismo que busca la exclusión de este grupo de la sociedad mexicana. Aunque el gobierno pueda insistir en que se trata de un grupo radical que no los representa, la falta de condena efectiva y la impunidad de actos discriminatorios evidencian un grado de complicidad difícil de ignorar.
Los hilos del poder, al parecer, están deshilachados, y la posibilidad de que el gobierno logre recuperarlos en medio de disputas internas es, en gran medida, ilusoria. La presión de los extremistas y las contradicciones que surgen del poder compartido entre Sheinbaum y López Obrador transforman el autoritarismo del gobierno morenista en un entorno de ingobernabilidad y violencia, cuyas repercusiones se extenderán más allá de lo político, afectando a toda la sociedad, incluidos aquellos que podrían considerarse beneficiarios de un populismo desmedido.
Así, mientras el liderazgo de AMLO enfrenta estos desafíos, la pregunta que queda en el aire es cómo podrá un gobierno que ha construido su autoridad sobre un fundamento tan quebradizo navegar hacia el futuro sin dejar que el caos y la radicalización se apoderen de una nación en busca de estabilidad.
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