La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha anunciado que a partir del 3 de noviembre se implementarán nuevas restricciones en el uso de celulares y pantallas en las escuelas. Esta medida ha generado un amplio debate entre especialistas en educación, quienes critican el enfoque prohibicionista adoptado y sugieren que las decisiones fueron tomadas sin un análisis exhaustivo ni una consulta adecuada.
El decreto, que será publicado el 22 de septiembre, detalla que en la Educación Media Superior se promoverá un uso responsable y seguro de los dispositivos móviles, estableciendo limitaciones que variarán según cada institución. En el ámbito de la Educación Superior, se fomentará también un uso responsable, aunque se especifica que los celulares solo podrán utilizarse en caso de emergencia o para temas individuales de los estudiantes. Durante las clases y recreos, su uso estará prohibido, con el objetivo de recuperar la creatividad y reducir el impacto negativo de las redes sociales en los jóvenes.
La Dra. Alma Maldonado, investigadora del Cinvestav y especialista en educación, ha manifestado su preocupación por la premura con que se han tomado estas medidas, sugiriendo que pueden estar motivadas por los resultados de la prueba PISA. Asegura que las mejoras en el aprendizaje no se manifestarán de inmediato, y expresa su inquietud sobre la falta de un esquema de evaluación que permita medir realmente el impacto de estas restricciones. Destaca que muchos estudiantes están acostumbrados a estímulos inmediatos, lo que hace difícil cambiar sus hábitos de atención.
Además, señala que, en vez de prohibir dispositivos, sería más beneficioso fomentar habilidades que puedan verse afectadas por el uso excesivo de pantallas, como el pensamiento crítico y la creatividad. Alertó que sin mediciones adecuadas para evaluar el aprendizaje, cualquier intento de mejora corre el riesgo de ser ineficaz.
Por otro lado, la organización Tejiendo Redes Infancia ha enfatizado la falta de consulta a los estudiantes sobre esta política que afecta directamente su vida escolar. Argumentan que escuchar a autoridades y docentes no sustituye el derecho de los estudiantes a expresar sus opiniones. La organización advierte que un enfoque tan restrictivo puede trasladar culpa a los estudiantes y sus familias, mientras se dejan de lado las responsabilidades de las instituciones educativas.
Además, cuestionan la lógica de prohibir dispositivos durante el recreo, dado que este es un momento esencial para la socialización y el desarrollo emocional de los estudiantes. Insisten en que cada restricción impuesta debe basarse en evidencias sólidas sobre sus beneficios, así como su impacto en la autonomía y las relaciones interpersonales.
Finalmente, es crucial considerar las excepciones para estudiantes con discapacidades, necesidades de salud o situaciones familiares particulares, ya que una política uniforme podría tener repercusiones desiguales. La conversación en torno a estas medidas está lejos de concluir, y la comunidad educativa se mantiene alerta ante su implementación y sus posibles consecuencias.
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