En un contexto donde la libertad de prensa y la protección de los derechos humanos son esenciales para el desarrollo democrático, una reciente investigación del Human Rights Center de la Universidad de California, Berkeley, ha expuesto un sombrío retrato de la situación en México. El estudio, que abarca desde diciembre de 2018 hasta septiembre de 2024, revela una alarmante cifra: 337 periodistas y defensores de derechos humanos han sido asesinados en este periodo, desglosados en 78 periodistas y 259 defensores de derechos. Este desgarrador panorama sirve como un recordatorio de los riesgos que enfrentan quienes se atreven a cuestionar al poder.
El informe señala que la violencia no solo se manifiesta en homicidios, sino también en una constante vigilancia, hostigamiento digital y una estigmatización pública de aquellos que ejercen el papel de supervisión sobre el Estado. La investigación documenta una campaña sistemática contra estos profesionales, comenzando con descalificaciones públicas y avanzando hacia acciones de hostigamiento que pueden culminar en violencia física.
Un aspecto crucial de este análisis es la caracterización de los periodistas y defensores como enemigos del Estado. Este enfoque ha sido desgarrador para muchos que esperaban que la llamada Cuarta Transformación del gobierno de Andrés Manuel López Obrador representaría un cambio de paradigma. En cambio, la investigación sugiere que, desde el inicio de su mandato, el presidente ha tratado a la prensa crítica como adversarios. López Obrador, al llegar al poder tras dos campañas previas frustradas en las que culpó a la prensa, ha adoptado una retórica que deslegitima a quienes critican su administración.
Paradoxalmente, el presidente prometió no utilizar el espionaje contra opositores ni censurar a los medios, compromisos que parecían representar una ruptura con las prácticas del pasado. Sin embargo, el informe de Berkeley documenta que, contrariamente a estas promesas, el gobierno ha mantenido y utilizado herramientas de vigilancia en contra de quienes investigan su gestión.
A la luz de estos datos, la discusión sobre la libertad de prensa en México se vuelve aún más urgente. La investigación no sugiere que el gobierno haya ordenado tales crímenes directamente, pero sí pone en evidencia un contexto donde los críticos son considerados enemigos. El informe concluye que es crítico que la Fiscalía de la Corte Penal Internacional evalúe si la persecución de periodistas y defensores podría constituir un crimen de lesa humanidad.
La evidencia presentada sugiere que el poder ha comenzado a considerar la crítica periodística no como un elemento vital de una democracia, sino como una versión distorsionada de realidad que justifica la persecución. El análisis incluyó 1,437 conferencias matutinas del presidente, revelando 2,827 momentos en los que se estigmatizó a periodistas, lo cual establece un patrón preocupante.
A medida que el debate sobre la libertad de expresión en México continúa, queda claro que el papel de la prensa no debería ser visto como una amenaza, sino como un pilar fundamental de la democracia que contribuye a la transparencia y la rendición de cuentas. La historia reciente invita a reflexionar sobre qué significa realmente vivir en un país donde la crítica se puede convertir en un acto de rebeldía y, a su vez, en un acto de vulnerabilidad frente a un estado que reacciona con represalias. Nadie debería tener que vivir bajo la sombra del miedo por ejercer su derecho a expresar opiniones y cuestionar al poder.
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