Las vísceras están de moda en la novela negra española. Los autores y editores de género en nuestro país, influidos por el éxito de Carmen Mola, también parecen haberse fijado más que ningún otro lugar de Europa en la ficción nórdica protagonizada por sangrientos asesinos en serie y psicópatas, una opción que arrastra una gran comunidad de lectores, pero que tiene detractores. Unos y otros se dan cita estos días en BCNegra, donde sometemos a debate los límites de la violencia.
Las vísceras están de moda en la novela negra española. Influido por el éxito de Carmen Mola, el género se ha fijado como en ningún otro país de Europa en la literatura nórdica de sangrientos asesinos en serie y psicópatas, una opción que arrastra una gran comunidad de lectores pero que tiene también detractores. Unos y otros se dan cita estos días en BCNegra, donde sometemos a debate los límites de la violencia.
Agustín Martínez, escritor y guionista y un tercio de Carmen Mola, lo tiene claro: “Cuando arrancamos con Mola decidimos abordar una exploración de la violencia y, desde que te decides a meterte en el relato de una violencia extrema que salpica a la sociedad, nos parecía pacato mirar a otro lado. El lector necesita saber lo que queremos contar. La descripción es necesaria. Pero luego el lector completa mucho cuando recrea la escena en su mente”. Dos detalles para ilustrar el terreno que pisamos. La novia gitana, su primera novela, comienza con una mujer a la que han trepanado el cerebro y le han metido gusanos para que se la vayan comiendo. En La bestia, ganadora del Premio Planeta, unos niños juegan despreocupados en las calles de Madrid en 1833 con un objeto esférico que no es una pelota sino la cabeza de alguien.
En ese mismo bando milita Pierre Lemaitre. El francés, brillante polemista, se revuelve con ironía contra los críticos de la violencia y dedica en su reciente Diccionario apasionado de la novela negra (Salamandra) un capítulo a este asunto: “El tema de la violencia resulta bastante enigmático. Si la gente compra novela negra es porque quiere leer sobre crímenes: una novela policiaca sin crímenes tiene pocas posibilidades de gustar. En cuanto a la moda de los asesinos en serie, todo parece indicar que los lectores quieren todavía más”. Él usa todos esos ingredientes con habilidad en novelas no aptas para estómagos sensibles. Sirva de ejemplo esta descripción en las primeras páginas de Irène (Alfaguara), la novela con la que arranca la serie del comisario Camille Verhoeben: “En el suelo, a la derecha, yacían los restos de un cuerpo destripado y decapitado, cuyas costillas rotas atravesaban una bolsa roja y blanca, sin duda un estómago y un seno, el que no había sido arrancado, aunque era bastante difícil distinguirlo, ya que ese cuerpo de mujer estaba cubierto de excrementos que ocultaban, en parte, innumerables marcas de mordeduras. Justo enfrente, sobre la cómoda, se encontraba una cabeza con los ojos quemados…”.
El debate viene de lejos. A lo largo de los años, se han manifestado contra los excesos Fred Vargas (“no es que la violencia no me interese, es que huyo de ella”) o John Banville (“son libros en los que cada diez minutos encuentras algo de violencia extrema, no estoy nada a favor y probablemente por eso no tengo best sellers”). En España, Alicia Giménez Bartlett, creadora de Petra Delicado, personaje al que ha homenajeado el festival, milita en el mismo bando con la parecida intensidad. “En tiempos pasados, se escandalizaba a la gente por motivos ideológicos o sexuales. Cada día es más difícil escandalizar en un mundo convulso y que lo ha visto todo. Solo la violencia y la crueldad explícita parecen convocar el interés del público. La morbosidad vende, y eso ha provocado una escalada de sangre y vísceras que consigue lectores. Todo consiste en ir aumentando las cantidades para superar el nivel. Por desgracia ese proceder encubre una enorme pobreza imaginativa y, lo que es peor, una calidad literaria a la baja”. La última entrega hasta el momento de la serie de Petra Delicado se titula Sin muertos (Destino), toda una declaración de intenciones.

El problema del psicópata como material literario es que carece de anclajes morales, consideran varios de los autores consultados. “Aparte del abuso de lo explícito, lo que me parece más grave es que si en la Biblia había violencia también se presentaba un dilema moral, pero hoy en día no hay un dilema, porque el psicópata no tiene empatía, la víctima es un número más, no hay una razón para esa violencia y eso me parece atroz, porque justifica la basurización de los cuerpos”, sostiene, por ejemplo, Eugenio Fuentes.
“Leí a un autor nórdico, no recuerdo el nombre, y en las primeras páginas hablaba de un hombre golpeado hasta la muerte, una y otra vez, una y otra vez y me dije, no quiero estar aquí. No soy un gran fan de la porno tortura”, comenta el escocés Alan Parks, creador de la serie de Harry McCoy, un policía en el Glasgow de los setenta, una época dura y violenta retratada con elegancia en novelas como Bobby March vivirá para siempre (Tusquets). Arantza Portabales empieza Belleza roja (Lumen) con una joven muerta en el suelo de su casa, anegada en sangre. Y, sin embargo, sus novelas van por otro lado. “No me preocupa tanto la violencia y un exceso de casquería, como que el recurso sea gratuito. No te tienes que dejar llevar por una moda o una tendencia”, comenta.
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