#Politica #Gobierno | ¿Cuáles son las razones por las que los gobiernos viven crisis políticas?, como sabemos cada país tiene sus circunstancias específicas, pero hay algunos denominadores comunes.
“Sin duda, hay una crisis de las democracias”, coincide Paolo Gerbaudo, sociólogo en la Scuola Normale Superiore en Florencia y el King’s College de Londres y autor de Controlar y proteger: El retorno del Estado, que se publicará en abril en castellano (Verso Libros). “A mi juicio, una de las causas principales es la manera en la que la globalización ha convertido al Estado nacional democrático, el marco fundamental en el que se ha desarrollado la democracia que conocemos, en una estructura extremadamente frágil, porque se han deteriorado algunas capacidades, sobre todo la posibilidad de determinar la economía. Disminuye la capacidad de hacer cosas, cumplir promesas, y eso provoca desilusión, sentimiento de traición”.
Casas-Zamora apunta a tres grandes conceptos. En primer lugar, “la disgregación interna, con el auge de fuerzas centrífugas, la polarización extrema”. Después, “la pérdida de confianza en las instituciones democráticas como instrumentos capaces de proveer soluciones solidas a los problemas de la gente. En este ámbito, un elemento especialmente tóxico es la corrupción, que genera un elevado grado de desapego”. En Brasil, una de las razones clave del auge de Bolsonaro fueron los numerosos casos de corrupción del Partido de los Trabajadores (PT) en su prolongada fase de gobierno.
Por último, “el contexto internacional, en el que se paga hoy un precio inferior por emprender una senda autoritaria, y en el que hay modelos como el chino que combina una horrible represión con un alto grado de eficacia económica”.
Como Zamora-Casas, Berthin también señala la polarización, auténtica incubadora de problemas democráticos. En este apartado, son muchos los expertos que apuntan a las redes sociales como elementos específicos de nuestro tiempo que agravan un problema que no es nuevo. Se acumulan las evidencias que las retratan como aceleradores de las partículas del odio, la frustración, el desprecio al adversario.
Berthin, además, incide en la desigualdad económica como potente factor de frustración, y en los cambios demográficos-sociales que son percibidos por algunos grupos como realidades amenazantes.
Dentro de la amplitud de la casuística, pues, un eje principal de referencia del deterioro democrático es la línea que empieza con fallos del sistema —por ejemplo, ante las clases desfavorecidas por la globalización—, y prosigue con la generación de un descontento popular que posteriormente aprovechan lideres populistas que exacerban la polarización, creando un clima de animosidad en el seno de la sociedad y disfunciones o parálisis del sistema institucionales que luego son utilizados para justificar acciones que reduzcan controles y contrapesos.
La llegada al poder de fuerzas populistas es uno de los elementos de mayor peligro para la estabilidad democrática. Yasha Mounk y Jordan Kyle publicaron en 2018 un interesante estudio en la materia. Los dos politólogos construyeron una base de datos, recopilando una serie de gobiernos definidos como populistas cotejando más de medio centenar de revistas académicas. Identificaron 46 líderes o partidos políticos con esos rasgos en el poder en 33 países desde 1990 hasta 2018.
Pues bien, el seguimiento arroja varios resultados inquietantes: este tipo de gobiernos permanece de media más tiempo en el poder que los no populistas; solo una minoría sale del poder con un normal proceso de transición; un 50% reforma la Constitución para reducir controles y reequilibrios del sistema o eliminar límites a los mandatos consecutivos. En cuanto al signo ideológico, los expertos concluyeron que una proporción parecida de liderazgos populistas de derecha e izquierda condujeron a un retroceso significativo de la democracia. Cinco de 13 en el caso de la derecha, 5 de 13 en el de la izquierda.
La democracia con rasgos de resiliencia
Al principio de la pandemia, muchos observaron las dificultades de las democracias comparándolas con la gestión china, que pareció más eficaz, y reforzó ciertos argumentos sobre los beneficios del modelo autoritario. Tres años después, China se halla empantanada en un complejo manejo de la crisis de covid, mientras las democracias la han dejado a sus espaldas, con la brillantez farmacéutica en la producción de vacunas y con una reacción solidaria europea entre otros aciertos.
La guerra en Ucrania también evidencia la persistente superioridad militar de las democracias. La entrega de armamento de alcance limitado, el entrenamiento y suministro de información de inteligencia, han sido suficientes —junto con la valentía y la habilidad de las fuerzas ucranias— para frenar a una supuesta superpotencia como Rusia. Por otra parte, han demostrado un eficaz grado de coordinación entre ellas, y en el caso de las europeas —con la inestimable ayuda de una meteorología favorable— para sobreponerse al problema de la dependencia energética.
Estos rasgos de eficacia y vitalidad se suman a los cimientos inigualados de los proyectos democráticos, empezando por el respeto a la libertad del individuo y una plenitud de derechos sin parangón. Es preciso ponderar bien el significado de las protestas en China ante las brutales medidas de control pandémico, que indujeron un giro político con rasgos de pánico de las autoridades ante la ira ciudadana, o en Irán ante la lamentable discriminación de las mujeres.
Pero estos elementos positivos no bastan para garantizar un futuro luminoso.
“Las demandas sociales están creciendo a una velocidad exponencial. La capacidad de responder no ha avanzado al mismo paso. Es esencial que las democracias apliquen su virtuoso mecanismo de autocorrección a esto: lograr reducir la brecha entre demandas y capacidad de responder”, dice Casas-Zamora, quien sostiene que es necesaria una reformulación del contrato social.
En la UE, el viraje de la austeridad posterior a la crisis de 2008 a la respuesta anticíclica frente a la pandemia se parece mucho a un intento de nuevo contrato social. “Las políticas de austeridad son peligrosas para la democracia. El Next Generation EU [plan de recuperación] es, sin duda, un movimiento de maduración en ese sentido”, dice Gerbaudo.
El sociólogo invita en cualquier caso a no subestimar los asaltos a las instituciones fracasados de EE UU y Brasil, o la red ultra desmantelada en diciembre en Alemania que pretendía dar un golpe de Estado. “No han sido exitosos y tienen rasgos pintorescos. Pero no debe infravalorarse lo que significa. Hay debate si son aventuras fascistas o posfascistas. A mi juicio, recuerdan a esos movimientos de nacionalismo autoritario prefascista de finales del siglo XIX y principios del XX”. En el futuro podrían ser más eficaces.
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