En México, la figura de la prisión preventiva oficiosa ha sido objeto de un creciente debate. Aunque la presidenta Claudia Sheinbaum defendió su uso como una herramienta para enfrentar la inseguridad, hay quienes argumentan que esta medida no solo no combate el crimen, sino que lo institucionaliza. La preocupación radica en que se impone una cárcel automática sin una valoración individual de cada caso, lo que refuerza una cultura de castigo en lugar de justicia.
Históricamente, la prisión preventiva oficiosa, que se encuentra inscrita en el texto constitucional de 1917, cobró fuerza durante el gobierno de Felipe Calderón en 2008, cuando se restringió inicialmente a cinco delitos. Con el tiempo, el catálogo se amplió, convirtiéndose en un pilar de la “guerra contra el narco” sin un análisis claro de sus efectos sociales o humanos. Un informe del 2011 indicaba que, entre 2006 y 2009, de más de 226,667 arrestos relacionados con el narcotráfico, solo el 25% llegó a un juicio y apenas un 15% recibió condena. Actualmente, casi el 40% de los encarcelados en el país no tienen sentencia, lo que plantea cuestionamientos sobre la efectividad de esta política.
Sheinbaum argumenta que la prisión preventiva oficiosa “no se aplica automáticamente”, sin embargo, el Artículo 19 constitucional establece que el juez debe imponerla si el delito está en el catálogo; en este sentido, el juez actúa más como un ejecutor que como un evaluador de cada situación. La ONU señala que esta práctica no cumple con los estándares internacionales de derechos humanos.
Además, la presidenta descalificó a la oposición por no proponer alternativas, pero existen soluciones viables. Se propone fortalecer la prisión preventiva justificada, invertir en investigación y aplicar medidas cautelares más proporcionales.
Un proyecto que se discutirá en la Suprema Corte, propuesto por la ministra Margarita Ríos Farjat, plantea un cambio significativo: mantener la figura de la prisión preventiva, pero eliminando su aplicación automática. Esto permitiría a los jueces valorar cada caso en audiencias, un enfoque mucho más alineado con los principios de un estado democrático.
Hay evidencias que sugieren que la prisión preventiva oficiosa no contribuye a la reducción de la delincuencia y puede usarse de manera arbitraria, afectando principalmente a sectores vulnerables. A medida que un gobierno opta por legislar para obligar a los jueces a encarcelar sin un análisis de cada situación, se cuestiona el verdadero papel de las instituciones de justicia. Las reformas que buscan democratizar el Poder Judicial entran en conflicto con leyes que limitan el poder y la autonomía de los jueces.
La interrogante es clara: ¿a quién beneficia realmente esta reforma? La tendencia parece favorecer un Estado que prefiere el miedo al juicio, priorizando el encierro en lugar de la justicia. En un contexto donde la opinión público es cada vez más relevante, es fundamental considerar las implicaciones de estas políticas en el tejido social y judicial del país, bajo una óptica crítica y reflexiva.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.


