El Proceso de Urbanización en el Huizachal: Transformaciones y Realidades
El viento acariciaba la maleza del Huizachal, un paisaje que, en su esencia, aún conservaba vestigios de naturaleza salvaje. Desde una distancia respetable, se podía apreciar la vasta urbe que se extendía, especialmente al norte poniente, donde los arbustos, magueyales y llanuras parecían no tener fin. Era un momento en que comenzaba a gestarse la construcción de colonias en lotes fraccionados, dando pie a los primeros fraccionamientos que marcarían el inicio de una intensa urbanización que transformaría toda la zona metropolitana de México. Se anticipaba que esta ciudad sería la más poblada del sistema solar para el fin de siglo.
Los terrenos vecinos al Huizachal pertenecían al Ejército, formaban parte del famoso Campo Militar Número Uno, un recuerdo ominoso de los sucesos de 1968. En el camino hacia la emergente Tecamachalco y más allá de La Herradura, se encontraban un campo de tiro y la Fábrica de Armas, mientras que el Huizachal mantenía su esencia agreste, con espacios para el fútbol los fines de semana, donde las comunidades de ligas y equipos parroquiales llenaban el ambiente.
La urbanización atrajo a diversas familias, una de las cuales era la de Elenita. Para ella, el Huizachal urbanizado representaba una oportunidad perfecta para ofrecer un entorno con aire limpio a su hijo, Orlando. A pesar de la marginación que sufría por parte de su familia, se dedicaba a pintar a hogares adinerados, logrando que sus obras adornares los espacios de residencias en zonas como Las Lomas y El Pedregal de San Ángel. Sus bodegones, repletos de detalles cautivadores, compartían paredes con los grandes de la pintura mexicana.
El sueño de Elenita incluyó la búsqueda de un hogar donde pudiera trabajar y disfrutar de luz y espacio. A lo largo del tiempo, el Huizachal fue invadido por construcciones que transformaron su paisaje original. Sin embargo, ella y Orlando encontraron un respiro en medio de la congestión urbana.
Elenita, a pesar de su apariencia conservadora, había cultivado un criterio abierto a lo largo de los años, especialmente tras separarse de su tumultuosa relación con su esposo. Sus experiencias habían expandido su visión sobre la vida, y a pesar de las inquietudes sobre el mundo contemporáneo que vivía su hijo, ella confiaba plenamente en él. Así, Orlando decidió buscar su camino, dejando a su madre con la responsabilidad de soltar sus lazos mientras se dirigía “al norte”, un paso significativo en su crecimiento personal.
Pronto, las despedidas se convirtieron en una realidad inminente. Y así, con el apoyo de Elenita, Orlando emprendió su viaje, lleno de esperanza, hacia nuevos horizontes. Las postales que le enviaría desde diversas partes de Estados Unidos —desde el Yukón, donde trabajó como leñador— serían un símbolo de su evolución.
Este cruce entre la vida familiar y el deseo de independencia marca una etapa crucial en la historia de muchas familias que, como la de Orlando y Elenita, enfrentan los desafíos de la urbanización y los cambios en sus contextos. En medio de una transformación constante, el Huizachal se convierte en un espejo de los sueños, luchas y esperanzas de aquellos que buscan un lugar en un mundo cambiando rápidamente.
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