En la Ciudad de México, los mercados públicos, que durante décadas solían ser el corazón de la despensa familiar, están experimentando una transformación radical. Lo que antaño eran pasillos repletos de frutas, verduras y carnes frescas ahora se han convertido en modernos corredores gastronómicos, donde predominan las cazuelas humeantes y los comales encendidos. Los locatarios mismos reconocen que estamos ante un cambio generacional sin retorno, donde la tradición se ve desbancada por nuevas costumbres.
El Mercado de San Pedro de los Pinos, ubicado en la alcaldía Benito Juárez, es un claro reflejo de esta evolución. Este mercado, que alguna vez fue un punto de encuentro para adquirir carne y vegetales, ahora alberga principalmente restaurantes y platos de mariscos. “Aquí ya nadie viene a comprar jitomates o bistec; vienen a comer”, afirma un locatario, capturando la esencia de esta transformación.
Situaciones similares se observan en el Mercado Santa Cruz Atoyac, donde solo queda un puesto de frutas y verduras, siendo el resto del espacio dominado por cafés y locales de comida rápida. Doña Carmen Ramírez, quien dirige una cocina económica y es parte de una familia fundadora del mercado, señala la desaparición de las ventas de víveres: “La gente dejó de comprar para cocinar. Por eso nos pasamos a las garnachas.” Este cambio está fuertemente influenciado por las nuevas generaciones, quienes prefieren realizar sus compras a través de servicios de entrega a domicilio, dejando atrás la costumbre de cocinar.
La tendencia también es evidente en el Mercado Lázaro Cárdenas, donde aunque aún existen espacios para la venta de alimentos frescos, muchos locatarios han optado por rentar sus locales a nuevos emprendedores culinarios. “La mayoría llega preguntando dónde comer, no dónde hay mejor jitomate”, comenta un vendedor, reflejando el nuevo enfoque de los consumidores.
En la alcaldía Cuauhtémoc, mercados históricos como Isabela Católica y Juárez enfrentan una similar transformación, con locales que tradicionalmente vendían insumos ahora adaptándose a cafés y restaurantes. “Muchos chavos que heredaron locales no quieren seguir vendiendo insumos. Prefieren rentarlo y que alguien ponga un restaurante”, dice Don Joaquín García del Mercado Juárez.
Aún hay mercados, como el Mercado Hidalgo, que conservan parte de su identidad tradicional. No obstante, incluso allí la apertura de nuevos locales de comida se vuelve cada vez más común. David, un veterano vendedor de gorditas, observa cómo “cada vez abren más de comida”, corroborando que la preferencia de los clientes se aleja de la compra de ingredientes.
Este fenómeno no se limita a una simple modificación comercial; constituye un cambio cultural en la relación que las personas tienen con su alimentación. Los mercados, que históricamente han sido los centros de abastecimiento de los barrios, ahora se ven amenazados en su función. La tendencia va hacia la creación de pequeños distritos culinarios que priorizan la comida lista y la inmediatez, reflejando un estilo de vida más acelerado.
Las nuevas generaciones no caminan con una lista de víveres; buscan comida rápida, económica y con un sabor casero, pero sin las complicaciones de cocinar. Mientras tanto, los mercados deben reinventarse y adaptarse a un consumidor que, en su mayoría, cocina cada vez menos.
La transformación es innegable. Los mercados de la Ciudad de México, que otrora fueron emblemáticos por su diversidad de productos frescos, ahora están en un proceso de redefinición. Se están convirtiendo en centros de atractivo culinario, donde se prioriza la rapidez y la comodidad sobre la tradición, evidenciando un cambio profundo en la forma en que se alimentan los capitalinos.
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