Las movilizaciones en Irán han alcanzado su sexta jornada, iniciadas en Teherán el pasado domingo, 2 de enero de 2026. El descontento social se ha propagado rápidamente a las principales ciudades del país, en un contexto marcado por una presión internacional creciente debido a las ambiciones nucleares del régimen. Las manifestaciones han sido impulsadas por la grave crisis económica que sufre la nación, caracterizada por el colapso histórico del rial, lo que ha llevado a cientos de comerciantes a salir a las calles en protesta.
El descontento se origina en la combinación de la inflación galopante y la escasez de energía, dos problemas que han afectado drásticamente a la población. Las protestas, que comenzaron en el corazón comercial de Teherán, han evolucionado hacia un clamor generalizado contra el régimen. Estudiantes universitarios, que ya habían liderado movilizaciones en años anteriores, se han sumado a las protestas, amplificando la voz de un pueblo cansado.
Hasta el momento, 21 de las 31 provincias han registrado cierres de establecimientos, y el Gobierno ha declarado días festivos en un intento aparente de sofocar las movilizaciones. Sin embargo, esta medida ha sido criticada y considerada como una maniobra para evitar que las protestas se amplíen.
A pesar de la conexión emocional de las actuales movilizaciones con las de 2022, cuando se expuso el caso de Mahsa Amini y las injusticias hacia las mujeres, el origen de la situación actual radica en la crónica crisis económica de Irán. En años recientes, el país ha experimentado una continua depreciación de su moneda y un aumento del 70% en los precios de los alimentos, lo que ha sumido a la población en una grave crisis.
Hasta ahora, las protestas carecen de un liderazgo organizado; sin embargo, han recibido respaldo de figuras públicas reconocidas. La premio Nobel de la Paz, Narges Mohammadi, ha manifestado su apoyo desde prisión, exhortando a la ciudadanía a no permanecer en silencio ante las violaciones de derechos y la represión por parte del régimen. En las últimas jornadas, la represión policial ha dejado al menos siete muertos y numerosos heridos, incrementando la tensión en las calles.
Ante este contexto, el presidente electo Masoud Pezeshkian ha adoptado un discurso más conciliador, prometiendo atender las demandas de la población y reconociendo la responsabilidad del Gobierno en la crisis. Sin embargo, su papel es limitado, ya que las decisiones finales recaen en el Consejo de Guardianes y en el ayatolá Ali Jamenei.
La situación geopolítica en la región también ha influenciado el clima interno. La reciente guerra con Israel ha debilitado las milicias aliadas de Irán, dejándolo en una posición vulnerable en el escenario internacional. Con las amenazas de Estados Unidos de intervenir si la represión continúa, la percepción de una interferencia extranjera ha comenzado a circular entre los funcionarios del régimen, añadiendo otra capa de complejidad a la crisis.
A medida que las movilizaciones continúan, el futuro de Irán se vislumbra incierto, con un pueblo que busca un cambio ante el descontento generalizado y una economía que lucha por estabilizarse.
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