A todos nos ha pasado que encontramos productos de diseño que simplemente no funcionan. Pero, ¿cómo nos damos cuenta de que no funcionan? Bueno, depende del tipo de diseño; en este caso me centraré en el diseño gráfico. En el ámbito editorial, por ejemplo, nos encontramos con folletos, libros, revistas o carteles que, con solo verlos, nos cansan, nos alejan, no nos dan ganas de leer, nos confunden o incluso nos repelen. Esto puede tener muchas causas, pero el efecto es el mismo: el diseño no funciona, no cumple los objetivos de comunicación que se habían planteado.
Al iniciar este ciclo de columnas comenté que todo lo que nos rodea es diseño, y ahora lo reitero junto con otra idea clave: existe el buen diseño y el mal diseño. Es decir, hay diseño que cumple su función y otro que no lo hace. Sin embargo, hay una sutileza importante: a veces el diseño que no funciona no necesariamente es “feo”. El problema de un diseño mal resuelto es mucho más profundo, ya que se trata de una falla de comunicación. Cuando el diseño falla, el mensaje se pierde o se confunde. Y dependiendo del tipo de información que se intenta comunicar, las consecuencias pueden ser más o menos graves: ya sea que el mensaje se distorsione, se entienda mal o simplemente se pierda.
El diseño tiene una función fundamental: facilitar el acceso a la información. Si esto falla implica que quien accede al diseño tiene que decidir cómo leer el mensaje y realizar un esfuerzo adicional para comprenderlo. Muchas personas optan por no hacer ese esfuerzo extra, ya sea por falta de tiempo o porque no lo consideran necesario. Además, hoy los diseños compiten en un mar inmenso de estímulos visuales, y un diseño eficaz debe destacar para poder comunicar.
Pero que un diseño destaque no significa que logre comunicar. Esto no está relacionado con el uso o abuso de los elementos formales del diseño (tema que he abordado en otras columnas). Demasiados colores, tipografías o elementos compitiendo entre sí distraen la lectura del mensaje. Como se dice coloquialmente: “cuando todo quiere llamar la atención, nada lo logra”. El ojo no sabe por dónde empezar ni dónde detenerse, y el cerebro se sobrecarga intentando entender el mensaje. El resultado es cansancio en quien lee. Algo similar ocurre con el uso excesivo o injustificado de animaciones, efectos o combinaciones visuales.
Producir diseño que provoca que el mensaje no se entienda o se malinterprete va totalmente en contra del objetivo del diseño como disciplina. Esto puede tener consecuencias importantes en ámbitos como la salud o la educación, por lo que quienes hacemos diseño debemos tener una plena conciencia de la relevancia de nuestra labor. Minimizar la importancia de las buenas prácticas en el diseño, es garantizar la falla en la comunicación. Un diseño confuso no solo incomoda: excluye.
Por el contrario, el buen diseño es silencioso, casi invisible; trabaja sin hacerse notar. Y cuando el diseño no logra comunicar… mmm, ese diseño no funciona.
Nos vemos pronto para seguir hablando de diseño.


